Amor

Amor, la mayor de todas las locuras. Amor cierto, amor lejano, amor solo, solo amor. Eres deseo y pasión. Eres misterio. Eres dolor y alegría. Amor, por ti se han conquistado tierras y descubierto mundos. Por ti se han escalado las más altas montañas, descencido los más profundos valles y cruzado los más anchos ríos. Por ti se muere y se mata, se sufre y se goza. Y no hay manera de retenerte. No se sabe como llegas ni cuando te vas, como el agua que se escapa entre los dedos. Amor, a quien todos persiguen y nunca están seguros de haber atrapado del todo. Amor, que mueves el mundo, no te vayas, no me dejes solo y perdido en esta terrible locura que es la vida cuando no estás.


Sevilla, Diciembre de 2009

Expiación (Elegía)

No puedo volver atrás
y no decir lo ya dicho.
Ni atrapar las palabras vertidas al aire.

No puedo soportar tu dolor,
tu distancia, tu merecido
olvido.

No puedo borrar
las frases ya escritas. 
Ni cambiar una sola coma de ellas.

No puedo soportar tu dolor,
tu distancia, tu merecido
olvido.

No puedo deshacer
nada de lo que he hice,
Ni desandar el abismo entre nosotros.

No puedo soportar tu dolor,
tu distancia, tu merecido
olvido.

No puedo esperar
tu perdón.
Tu misericordia no es infinita.

No puedo soportar tu dolor,
tu distancia, tu merecido
olvido.

Solo me queda alejarme
y esperar, esperar y esperar
que el tiempo nos traiga la paz.

No puedo soportar tu dolor,
tu distancia, tu merecido
olvido.


Sevilla, Diciembre de 2009

Amor, ¿qué me reclamas?

¿Pues qué esperas?
¿Que me desvanezca
en la penumbra de una tarde lluviosa?
Por ti lo haré, mi amor,
porque te quiero.

¿Pues qué deseas?
¿Que olvide tus ojos color miel
y tu cabello de fuego?
Por ti lo haré, mi amor,
porque te quiero.

¿Pues qué quieres?
¿Que asfixie mi deseo en otros cuerpos,
mientras solo estás tu en mi pensamiento?
Por ti lo haré, mi amor,
porque te quiero.

Pues qué reclamas?
¿Que olvide tu risa, tus palabras
y tus besos?
Por ti lo haré, mi amor,
porque te quiero.

¿Pues qué me pides?
¿Que calle lo que siento
y lo mienta, sonriendo, en otros brazos?
Por ti lo haré, mi amor,
porque te quiero.

Pero no me exijas que no te ame.
Porque eso no puedo hacerlo, mi amor, porque te quiero.


Sevilla, Diciembre de 2009

Pienso y miro y siento

Una lágrima escondida
y unos besos.
Una pasión desesperada
y unas cartas.
Un amor desconsolado
y un misterio.
Una foto desvaída
y un recuerdo.

Y un cuerpo desnudo
que deseo,
que deseo,
que no deseo.


Sevilla, Diciembre de 2009

Ausencia, presencia

¿Donde te fuiste, amor?
Deseo, emoción, desvelos.
Cascada de luces y sombras.
Un destello en la penumbra
y luego nada.

Susurros, gemidos, suspiros.
Piel contra piel,
sudor y trémula espera.
Fuego y frio
y luego nada.

Palabras ausentes,
verdades, mentiras,
tu espalda desnuda,
tu cabello revuelto
y luego nada.

Vas y vienes,
estás y no estás,
te pierdes entre la gente,
te miro, me hablas
y luego nada.

Juegas con el viento y te ríes y luego nada.


Sevilla, Diciembre de 2009

Larache

Amanece y recorro a tu lado el mercado.
Paseamos juntos, mirando con ojos nuevos
los arcos antiguos pintados de azul y blanco.

Y aun no se, entonces, cuando te escondes entre ellos,
que estos serán los días más felices de mi vida.

Sevilla, Noviembre de 2009

Cosas que olvidé

Tengo tantas cosas que olvidé darte...

Tengo una sonrisa
que dejé al borde
de mis labios
la tarde que te conocí.

Tengo una mirada
que escondí avergonzado
la última vez
que vi tu preciosa desnudez.

Tengo unas flores
que nunca te envié
y que se marchitaron
al sol en mi ventana.

Tengo un par de libros
que nunca te enseñé
y que esperan
aburridos en mi estante.

Tengo aquella música
de que te hablé
y que se quedó
olvidada en mi memoria.

Tengo un te quiero
que se fue
tiritando al frío
del invierno.

Tengo veinte poemas
que nunca te escribí
y que agonizan
al filo de mi corazón.

Tantas cosas que olvidé y que ya no se si me queda tiempo para darte.

Sevilla, Agosto de 2009

Presiento, amor

Esta noche vendrás a mi, amor,
con tu cabello recogido en una larga trenza,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

Nuestras miradas, amor,
se cruzarán y llevaré tu mano a mis labios,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

Caminaremos en silencio, amor,
y mis dedos rozarán tímidamente tu vestido blanco,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

Y te besaré, amor,
y mis manos acariciaran tus pechos,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

La luna y el mar, amor,
serán testigos
de que esta noche me enamoraré de ti.


Sevilla, Agosto de 2009

Mañana, amor

Una vez te dije o me dijiste, ya no lo recuerdo bien, que uno de los ingredientes que mantienen viva la llama del amor es no darlo nunca del todo por seguro.

Ahora que ya es tarde, mi vida, este poema -escrito en el avión que me aleja de ti, quizá para siempre- quiere ser, a la vez, promesa de amor y de no dar el tuyo nunca por supuesto. Promesa de que cada mañana será como la primera que amanecí a tu lado y cada noche como aquella que creímos que nunca más nos volveríamos a ver.

Mañana, amor, cuando amanezca,
serás mi primer y gozoso pensamiento.

Mañana, amor, cuando amanezca,
te cubriré con sábanas de seda
para que el frío de la aurora no perturbe tu sueño.
Cortaré flores del jardín
y adornaré cada rincón de nuestra casa con ellas.
Recogeré agua fresca de la fuente
y prepararé tu baño con sales perfumadas.

Mañana, amor, cuando amanezca,
quemaré sándalo en los pebeteros
de la galería y la sembraré de pétalos de rosas.
Y besaré suavemente tus labios
cuando despiertes con las primeras luces del alba.

Mañana, amor, cuando amanezca,
serás mi primer,
mi único,
mi gozoso pensamiento.

Tenerife, Agosto de 2009

La luna lunera

La luna lunera no se quiere acostar.

Te mira a los ojos,
se pone rabiosa.
Te mira el cabello,
y llora celosa.

La luna lunera no se quiere marchar.

Que sabe seguro
que cuando se vaya,
a su niño guapo
se lo vas a quitar.

La luna lunera se enfada contigo y no se quiere acostar.


Sevilla, Agosto de 2008

Largo y dorado cabello

Conocí "El Jardinero", de Rabindranaz Tagore, gracias a ti, Isabel. Y me sorprendí cuando me dijiste que el estilo de algunos de mis relatos te recordaba al suyo, salvando, por supuesto, la casi infinita distancia entre ambos. Desde que me regalaste el libro, había pensado en escribir algo para ti, sobre ti misma, con ese "estilo Tagore" sobre el que tu y yo bromeamos con tanta frecuencia. Se que hoy no es un día señalado, pero para mí, cualquier día a tu lado es un regalo que merece ser correspondido con otro. Y éste es el que he elegido hoy para ti.

Paseas en tu bicicleta de color azul
y ruedas grandes. El viento enreda
travieso tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

Sonríes sentada en el porche
con las piernas cruzadas.
Juegas con tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

De espaldas frente al mar miras
la barca de los pescadores. Leves reflejos
de sol en tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

Duermes a mi lado. Velo tu plácido
sueño. Mis dedos distraídos
se pierden en tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

Te quiero decir que te quiero y pasa el tiempo y no digo nada.

Sevilla, Agosto de 2009

El probador de señoras

Hacía unos días que habían roto. En realidad, aquello había sido como una liberación para ambos. Él había estado fuera un par de semanas y sus cartas habían sido cada vez menos frecuentes y apasionadas. Sin saber cómo, su amor por ella se había ido enfriando y ahora la veía más como una buena amiga que como su amante. Y ella... Ella hervía de pasión por un chico quince años más joven, que conocía hacía tiempo y que últimamente no podía quitarse de la cabeza.

Nunca se habían mentido, sin embargo. Ambos sabían que su amor había tenido altibajos. Habían sucedido demasiadas cosas desde aquella tarde de cine, unos meses atrás, cuando una mezcla explosiva de pasión, amor y deseo los había hecho terminar arrancándose la ropa al poco de entrar en casa de ella para tomar la última copa, antes de despedirse.

En todo caso, seguían siendo buenos amigos, y se veían con cierta frecuencia. De hecho, la última semana habían pasado juntos casi todo el tiempo, exceptuando los momentos en los que ella estaba en los brazos de su nuevo y joven amante.

Él tenía que reconocer que estaba, a pesar de todo, un poco celoso y a veces dudaba de la decisión que ambos habían tomado. Desde luego, su orgullo masculino no había salido demasiado bien parado cuando supo que ella lo había sustituido en su cama con tanta rapidez y por un chico muchos años más joven que él. Y además, las últimas tardes con ella habían sido geniales, como antes. De nuevo hablaban de libros, de cine, de música y eran capaces de reírse hasta de los problemas que les habían llevado a romper.

La noche anterior, al despedirse con un abrazo, como siempre, él había sentido algo diferente a las otras veces. Aquella punzada en la boca del estómago lo mantuvo casi toda la noche en vela. ¿Cómo era posible que ahora que ya no estaban juntos, sintiese, de pronto, que se estaba volviendo a enamorar? Durante meses los dos habían perseguido un sentimiento que a menudo no sabían o no querían reconocer y cuando lo apresaban, se les escapaba como el agua entre los dedos. Y ahora, de improviso, aparecía de nuevo y diferente, con una certeza como nunca antes la había tenido. Ahora que era el peor momento para enamorarse, cuando otro ya ocupaba su sitio en la cama de ella.

La tarde siguiente, después de tomar café, paseaban por el centro comercial, charlando y parándose distraídamente delante de los escaparates de las tiendas de ropa femenina. Finalmente entraron en una de tantas casi por pasar el rato. Ella era muy atractiva. Alta y delgada, de piel blanca y cabello rubio que, salvaje y rizado, le caía hasta la mitad de la espalda. Unas piernas interminables y un abundante y bonito pecho que fue, cuando se conocieron meses atrás, casi en lo primero que se fijó. Era muy tímida y solía vestir ropa ancha y calzado plano, y aunque él pensaba que ella se podía sacar mucho más partido, un tonto pudor nunca le había permitido decírselo.

Quizás por eso, cuando se detuvieron frente a una fila de perchas de donde colgaban cortas camisetas de lentejuelas para utilizar como atrevidos vestidos de noche, él la retó a probárselas. Y mientras iban hacia el probador de señoras, él fue tomando, de aquí y de allá, diversos complementos. Un bolso de fantasía, enorme y de color oro viejo, unos botines negros calados con unos tacones de diez centímetros y unas gafas de sol de montura grande y redonda, muy retro, de estilo finales de los sesenta.

Ella se metió con todo aquello tras la cortina y cuando salió, en menos de cinco minutos, él se quedó con la boca abierta. La chica alta y un poco desgarbada que tan bien conocía, se había transformado de repente en una espectacular diosa rubia, de casi metro noventa de altura y de piernas y pecho sensacionales. Y fue en ese momento, mientras el turbio y voraz deseo lo invadía de nuevo de manera incontrolable, que comprendió, quizás demasiado tarde, lo terriblemente difícil que iba a ser continuar su vida sin ella.


Sevilla, Agosto de 2009

Tardes tontas de verano

Para Isabel, que me dió -sin saberlo- el título de esta historia.

No te puedes hacer una idea de lo sola que está la ciudad. Hay gente por el centro, claro, pero apenas se escuchan ruidos. Casi no se ven coches pasando por las calles y aunque los bares y las tiendas no están del todo vacíos, hay mucho más silencio que el resto del año. Cómo si toda la ciudad estuviera durmiendo una larga y tranquila siesta. Cuando a la tarde regreso a casa, se diría que estoy en un pueblo abandonado. Y más aún, porque estos días estoy solo en el edificio donde vivo. Al parecer todos los vecinos se han marchado de vacaciones.

Algunas noches, mientras subo las escaleras después de pasear a mi perro, me imagino en una de esas películas donde el protagonista y su animal son los únicos que han sobrevivido a un holocausto nuclear o a una de esas terribles plagas que no dejan a casi nadie con vida. Y como para confirmar mis pensamientos, de la calle ya no llegan las habituales voces de los transeúntes ni los ruidos de los vehículos que la cruzaban sin parar hasta hace un par de semanas.

A veces parece que hasta se escucha el silencio. Como cuando se te quedan taponados los oídos al bajar una fuerte pendiente y sientes, grave y lejano, algo parecido a un zumbido persistente. Mi barrio se asemeja a una ciudad fantasma, y únicamente porque de vez en cuando recibo uno de tus correos, se que no estoy del todo solo.


Sevilla, Julio de 2009

Libros

Yo crecí entre cientos, quizás miles de libros. En mi pequeña casa de poco más de cincuenta metros en el casco antiguo de Sevilla, todas las paredes del salón, de la salita, del dormitorio compartido con mis hermanos y del trastero estaban cubiertas de estanterías muy altas, o eso me parecía a mí entonces, llenas de libros y más libros. Incluso había un mueble en el cuarto de mi tía, "el mueble de la tita" lo llamábamos, que encerraba bajo llave varios anaqueles también llenos de libros.

Colecciones completas de clásicos junto a novelas de aventuras, libros de viajes, ensayos, tratados de historia, poemarios, diversos diccionarios, como el fascinante de sinónimos y antónimos, enciclopedias, recetarios y herbolarios -mi abuelo fue mozo de farmacia- se apilaban desordenadamente llenando las tablas que se combaban bajo el peso de tanto papel impreso.

Aquello siempre fue una lucha entre mis padres. Mi madre, aunque buena lectora, se encontró de recién casada con aquella enorme y ajena biblioteca, herencia de mi abuelo paterno, que llenaba la casa de polvo y que abría las estanterías hasta llegar a romper en más de una ocasión las paredes a las que estaban fijadas, con el consiguiente derrumbe en vertical de varios estantes hasta el suelo y mi alegría por descubrir lo que escondían las tablas más altas, a las que no llegaba ni encaramándome a una silla, acompañada por la eterna discusión entre mis padres sobre qué hacer con los libros.

Y mi padre. Mi padre, que amaba los libros, o quizás los conservaba como un último y postrer recuerdo de su padre, pero que era tan intelectual que no podía dedicar ni un segundo de su tiempo al mantenimiento de toda aquella montaña en permanente deterioro. Es curioso, pero no recuerdo haberle visto casi nunca leyendo alguno de aquellos libros. El era, más que lector, escritor, buen poeta y coleccionista.

Y yo, que en medio de aquel barullo de riñas, olores a comida y ropa recién lavada, ruidos de la calle y gritos de mis tres hermanos, me escondía en la sala a descubrir cada día un nuevo libro que me llevase de viaje por mundos hasta entonces desconocidos.


Sevilla, Junio de 2009

De soledades y corazas

"Entró, y con los ojos entornados, apasionadamente, unió sus labios a los míos y nuestras lenguas se encontraron... Jamás había recibido un beso como aquel."

Pierre Loüys
Las canciones de Bilitis


...Luego, mirándome a los ojos, ella comenzó a hablar:

- Las cosas del amor, como casi todo en esta vida, son mucho más sencillas. De hecho, el principio de la navaja de Occam dice exactamente eso. Los sistemas tienden siempre a escoger la solución o la alternativa más sencilla de las que pueden elegir.

Cuando nos enamoramos no estamos confusos. Creo que cuando se está enamorado, y tu lo sabes tan bien como yo, puede que el resto de nuestra vida sea una confusión, pero nunca el amor que sentimos por el otro. Cuando me dices que estas confuso, yo sé que no estas enamorado. Cuando te digo que estoy liada, te estoy diciendo que aunque te quiero mucho, no estoy enamorada de ti.

Honestamente, creo que las corazas no existen en el amor. Creo que existe el deseo sin amor, el amor sin deseo, el cariño enorme por alguien, la amistad profunda entre dos personas que a veces se confunde o se desea desesperadamente confundir con amor. La necesidad de que nos quieran y la necesidad de querer, que a veces es tan importante o más que la de ser querido. La rabia por no ser capaz de sentir lo que se querría sentir, porque alguien que conoces tiene tantas cosas buenas, interesantes y maravillosas que no entiendes por qué no te enamoras de él. Y la lógica, a la que nunca hacemos caso, cuando nos enamoramos de quien no nos quiere o no nos conviene y dejamos ir a quien nos conviene y nos quiere.

Y por supuesto, existe también la mezquindad, el egoísmo y la mentira para con el otro. Pero corazas, no. Dime si cuando te has enamorado has sido capaz de poner alguna coraza para evitar sufrir. Dime si has sido capaz de renunciar a ella porque sabías que no te convenía. Dime si no has perdonado hasta lo imperdonable o no has entendido hasta lo que no era posible entender. Dime si no has querido a pesar de saber que ella quizás no te querría y no has temido decirlo en voz alta aun a riesgo de recibir el silencio por respuesta.

Con lo que tu y yo tenemos, y con bastante menos, hay gente que forma una pareja y puede que para toda la vida. Y posiblemente hasta sean muy felices, o quizás, razonablemente felices.

Las preguntas que te hago, que yo misma me hago, son, en definitiva:

¿Estamos tu y yo dispuestos a ser muy felices a ratos y razonablemente felices el resto del tiempo? ¿Estamos dispuestos tu y yo a perseguir eternamente una quimera que quizás nunca llegue y dejar pasar mientras el amor real, el de verdad, el que quizás hay entre nosotros y que no reconocemos porque ni siquiera es lo que imaginamos que es? ¿Es posible que nos enamoremos poco a poco el uno del otro? ¿Es posible que el cariño, la amistad profunda que nos tenemos den paso sin saber cómo a un amor de verdad, apasionado, entregado, sin condiciones, sin reparos y sin dudas?

Yo ahora no soy capaz de responder a estas preguntas, o quizás si, pero me respondo distinto según la hora del día, o según como estén mis hormonas en ese momento...


Sevilla, Junio de 2009

El escita (variaciones sobre "La coraza" II)

"La gloria solo dura un instante, luego todos la olvidan. Pero el pesar puede acompañar al guerrero toda su vida."

Isabel Roblas


El guerrero escita entra cauteloso, espada en mano, en la cabaña en penumbra. Fuera aún resuenan los últimos lamentos de los heridos entremezclados con los gritos de los vencedores. En un rincón, cerca de un fuego moribundo, sucia de hollín y temblando de miedo y frío yace la bella esclava georgiana. Un inesperado temblor, un cansancio infinito por tantas muertes sin sentido invade su cuerpo cuando se cruzan sus miradas y la rubia mujer alza sus brazos implorantes hacia él.

Deja caer la espada y quitándose la armadura y el casco se acerca a ella y la acuna entre sus brazos, mientras le susurra al oído, en un extraño idioma, palabras para tranquilizarla.

Un instante más tarde, cuando sus compañeros, sedientos de sangre, irrumpen en la cabaña, hunde con extrema delicadeza su daga en el cuello de la esclava. Se levanta, toma de nuevo su espada y afirmando los pies en el suelo se dispone a morir junto al cuerpo agonizante de la mujer que acaba de descubrir que ama.


Sevilla, Junio de 2009

El escita (variaciones sobre "La coraza" I)


Una historia de cinismo y cobardía disfrazados de piedad
.

El guerrero escita entra cauteloso, espada en mano, en la cabaña en penumbra. Fuera aún resuenan los últimos lamentos de los heridos entremezclados con los gritos de los vencedores. En un rincón, cerca de un fuego moribundo, sucia de hollín y temblando de miedo y frío yace la bella esclava georgiana. Un inesperado temblor, mezcla de amor y deseo, recorre su cuerpo cuando se cruzan sus miradas y la rubia mujer alza sus brazos implorantes hacia él.

Deja caer la espada y quitándose la armadura y el casco se acerca a ella y la acuna entre sus brazos, mientras le susurra al oído, en un extraño idioma, palabras para tranquilizarla.

Un instante más tarde, en un último acto de piedad, hunde con extrema delicadeza su daga en el cuello de la mujer. Y disimulando las lágrimas, enarbola triunfante las joyas de la esclava ante sus compañeros, que sedientos de sangre, ya irrumpen en la cabaña. Un guerrero escita no puede mostrar compasión con los vencidos.


Sevilla, Junio de 2009

La coraza


Para Isabel, que me rescató cuando estaba a punto de caer al abismo.



"Te dije muchas veces que yo pertenecía a África. Y desde que llegué destinado como teniente médico a Sidi Ifni en 1964, supe que me quedaría en África hasta el fin de mis días."

Javier Reverte
El médico de Ifni


El guerrero escita entra cauteloso, espada en mano, en la cabaña en penumbra. Fuera aún resuenan los últimos lamentos de los heridos entremezclados con los gritos de los vencedores. En un rincón, cerca de un fuego moribundo, sucia de hollín y temblando de miedo y frío yace la bella esclava georgiana. Un inesperado temblor, mezcla de amor y deseo, recorre su cuerpo cuando se cruzan sus miradas y la rubia mujer alza sus brazos implorantes hacia él.

Deja caer la espada y quitándose la armadura y el casco se acerca a ella y la acuna entre sus brazos, mientras le susurra al oído, en un extraño idioma, palabras para tranquilizarla.

Un instante más tarde, cuando el puñal parte en dos su corazón, solo tiene tiempo para pensar que jamás debió haberse despojado de su coraza.

Sevilla, Junio de 2009

Vértigo

Vértigo,
cuando bailas conmigo,
tu negro cabello al aire
y tu risa feliz que resuena
en el salón lleno de gente.

Vértigo,
cuando estás desnuda
entre mis brazos. Y vértigo
de mirarte y de tocarte tan sólo
con la punta de mis dedos.

Vértigo,
de tu melancólica tristeza
y de tu presencia tranquila
y de tu voz suave
y serena.

Vértigo,
tanto vértigo, que me iré
y me quedaré otra vez
a solas con mis fantasmas
y maldiciendo mi vértigo.

Vértigo es una variación de un poema de verso libre con el mismo título, publicado originalmente en Después del miedo, mi otro blog, en Marzo de 2009.

Sevilla, Junio de 2009

Amor mío (III)

Ya salgo, mi amor.
Y correré,
y entraré,
y me desnudaré.
Y evitaré así, de nuevo, que me digas que ya no me quieres.

Sevilla, Mayo de 2009.

Amor mío (II)

¿Ya llegas, mi amor?
Corre,
entra,
desnúdate.
Y lograrás, de nuevo, que calle que ya no te quiero.

Sevilla, Mayo de 2009

Amor mío (I)

¿Ya vienes, mi amor?
No salgas,
espera.
Que cuando llegues tendré que decirte que ya no te quiero.

Sevilla, Mayo de 2009

Tu olor

Tu olor se quedó toda la noche en mi cama, y cuando me fui, al amanecer, se marchó conmigo.

Sevilla, abril de 2009

Ángel negro

...Y con absoluta certeza sabré, cuando suceda, que mi alma pertenece al ángel negro.

Sevilla, marzo de 2009

Crepúsculo en Hamburgo

¿Sabes quién era mi marido? Era el fenómeno más extraño del mundo: era un hombre. Su alma era varonil, era un hombre de ánimo reflexivo y consecuente, inquieto, atento y previsor."

Sándor Márai
La mujer justa


En la parte vieja del puerto de Hamburgo, muy cerca de la desembocadura del Elba, se alinean decenas de almacenes vacíos y semiderruidos. Allí, bajo el aire helado del invierno, paseo entre restos de chatarra herrumbrosa, kilómetros de cables usados e infinidad de maquinaria abandonada de ignota utilidad.

El sol ya se ha ocultado trás el horizonte y sus reflejos rojizos, jugando
con los esqueletos diseminados de barcos que nunca más volverán a ver el mar, se confunden con las sombras de la noche cercana, que me traicionan con tu recuerdo y la definitiva certeza de tu adiós.

Y comprendo en un instante, con absoluta claridad, que el más bello atardecer de esta hermosa ciudad jamás podrá compararse con el oscuro brillo de tus ojos en la penumbra de mi dormitorio.


Sevilla, Enero de 2009