La saxofonista

La saxofonista - rubia, alta, elegante y esbelta - llega pronto al club de Jazz. Se sienta junto a la barra y pide un Martini seco. Mientras el público va llenando el local, piensa en todo lo que le ha sucedido en los últimos meses. Su ruptura, traumática pero liberadora, con aquel hombre de quien no se desenamoró tan rápido como él se habría merecido. Su renuncia al trabajo en la agencia de publicidad, donde se sentía encerrada como en una cárcel de barrotes de oro. Y su mudanza a Barcelona, harta y asfixiada de la vida en un pueblo cerca de una capital de provincias.

Ana ha tenido miedo, mucho miedo. Tenía miedo a vivir con el hombre equivocado por no romperle el corazón. Tenía miedo a la acomodada seguridad que le proporcionaba su bien remunerado trabajo. Tenía terror a perderse en una sucesión de días y noches iguales hasta no ser capaz de distinguir el siguiente del anterior. Tenía pánico a que su única hija no fuese valiente por no serlo ella. Tenía, sobre todo, miedo a morirse de rabia y hastío en su pequeño pueblo, como una señora, como una elegante y aburrida señora.

Hace ya un mes que lo dejó todo y se vino a Barcelona con su pequeña maleta, su saxo tenor y su hija. Tuvo buen cuidado de no traerse ningún miedo con ella. Todos se quedaron encerrados en su caro chalet a las afueras del pueblo.

Hoy es su primera noche en el club. En el escenario ya la esperan el resto de los músicos de la banda. Apura su copa y se sitúa con paso tranquilo entre ellos. El público solo se percibe cómo un murmullo de voces oculto tras las candilejas. Un foco la ilumina de repente sumergiéndola en una atmósfera casi irreal. Toma el saxo y cuando suenan las primeras notas y el local se queda en absoluto silencio, justo entonces descubre, con total seguridad, que no se ha equivocado.


Sevilla, Diciembre de 2013