Cosas que olvidé

Tengo tantas cosas que olvidé darte...

Tengo una sonrisa
que dejé al borde
de mis labios
la tarde que te conocí.

Tengo una mirada
que escondí avergonzado
la última vez
que vi tu preciosa desnudez.

Tengo unas flores
que nunca te envié
y que se marchitaron
al sol en mi ventana.

Tengo un par de libros
que nunca te enseñé
y que esperan
aburridos en mi estante.

Tengo aquella música
de que te hablé
y que se quedó
olvidada en mi memoria.

Tengo un te quiero
que se fue
tiritando al frío
del invierno.

Tengo veinte poemas
que nunca te escribí
y que agonizan
al filo de mi corazón.

Tantas cosas que olvidé y que ya no se si me queda tiempo para darte.

Sevilla, Agosto de 2009

Presiento, amor

Esta noche vendrás a mi, amor,
con tu cabello recogido en una larga trenza,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

Nuestras miradas, amor,
se cruzarán y llevaré tu mano a mis labios,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

Caminaremos en silencio, amor,
y mis dedos rozarán tímidamente tu vestido blanco,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

Y te besaré, amor,
y mis manos acariciaran tus pechos,
y presiento, amor,
que entonces me enamoraré de ti.

La luna y el mar, amor,
serán testigos
de que esta noche me enamoraré de ti.


Sevilla, Agosto de 2009

Mañana, amor

Una vez te dije o me dijiste, ya no lo recuerdo bien, que uno de los ingredientes que mantienen viva la llama del amor es no darlo nunca del todo por seguro.

Ahora que ya es tarde, mi vida, este poema -escrito en el avión que me aleja de ti, quizá para siempre- quiere ser, a la vez, promesa de amor y de no dar el tuyo nunca por supuesto. Promesa de que cada mañana será como la primera que amanecí a tu lado y cada noche como aquella que creímos que nunca más nos volveríamos a ver.

Mañana, amor, cuando amanezca,
serás mi primer y gozoso pensamiento.

Mañana, amor, cuando amanezca,
te cubriré con sábanas de seda
para que el frío de la aurora no perturbe tu sueño.
Cortaré flores del jardín
y adornaré cada rincón de nuestra casa con ellas.
Recogeré agua fresca de la fuente
y prepararé tu baño con sales perfumadas.

Mañana, amor, cuando amanezca,
quemaré sándalo en los pebeteros
de la galería y la sembraré de pétalos de rosas.
Y besaré suavemente tus labios
cuando despiertes con las primeras luces del alba.

Mañana, amor, cuando amanezca,
serás mi primer,
mi único,
mi gozoso pensamiento.

Tenerife, Agosto de 2009

La luna lunera

La luna lunera no se quiere acostar.

Te mira a los ojos,
se pone rabiosa.
Te mira el cabello,
y llora celosa.

La luna lunera no se quiere marchar.

Que sabe seguro
que cuando se vaya,
a su niño guapo
se lo vas a quitar.

La luna lunera se enfada contigo y no se quiere acostar.


Sevilla, Agosto de 2008

Largo y dorado cabello

Conocí "El Jardinero", de Rabindranaz Tagore, gracias a ti, Isabel. Y me sorprendí cuando me dijiste que el estilo de algunos de mis relatos te recordaba al suyo, salvando, por supuesto, la casi infinita distancia entre ambos. Desde que me regalaste el libro, había pensado en escribir algo para ti, sobre ti misma, con ese "estilo Tagore" sobre el que tu y yo bromeamos con tanta frecuencia. Se que hoy no es un día señalado, pero para mí, cualquier día a tu lado es un regalo que merece ser correspondido con otro. Y éste es el que he elegido hoy para ti.

Paseas en tu bicicleta de color azul
y ruedas grandes. El viento enreda
travieso tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

Sonríes sentada en el porche
con las piernas cruzadas.
Juegas con tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

De espaldas frente al mar miras
la barca de los pescadores. Leves reflejos
de sol en tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

Duermes a mi lado. Velo tu plácido
sueño. Mis dedos distraídos
se pierden en tu largo y dorado cabello.
Te quiero decir que te quiero
pero no digo nada.

Te quiero decir que te quiero y pasa el tiempo y no digo nada.

Sevilla, Agosto de 2009

El probador de señoras

Hacía unos días que habían roto. En realidad, aquello había sido como una liberación para ambos. Él había estado fuera un par de semanas y sus cartas habían sido cada vez menos frecuentes y apasionadas. Sin saber cómo, su amor por ella se había ido enfriando y ahora la veía más como una buena amiga que como su amante. Y ella... Ella hervía de pasión por un chico quince años más joven, que conocía hacía tiempo y que últimamente no podía quitarse de la cabeza.

Nunca se habían mentido, sin embargo. Ambos sabían que su amor había tenido altibajos. Habían sucedido demasiadas cosas desde aquella tarde de cine, unos meses atrás, cuando una mezcla explosiva de pasión, amor y deseo los había hecho terminar arrancándose la ropa al poco de entrar en casa de ella para tomar la última copa, antes de despedirse.

En todo caso, seguían siendo buenos amigos, y se veían con cierta frecuencia. De hecho, la última semana habían pasado juntos casi todo el tiempo, exceptuando los momentos en los que ella estaba en los brazos de su nuevo y joven amante.

Él tenía que reconocer que estaba, a pesar de todo, un poco celoso y a veces dudaba de la decisión que ambos habían tomado. Desde luego, su orgullo masculino no había salido demasiado bien parado cuando supo que ella lo había sustituido en su cama con tanta rapidez y por un chico muchos años más joven que él. Y además, las últimas tardes con ella habían sido geniales, como antes. De nuevo hablaban de libros, de cine, de música y eran capaces de reírse hasta de los problemas que les habían llevado a romper.

La noche anterior, al despedirse con un abrazo, como siempre, él había sentido algo diferente a las otras veces. Aquella punzada en la boca del estómago lo mantuvo casi toda la noche en vela. ¿Cómo era posible que ahora que ya no estaban juntos, sintiese, de pronto, que se estaba volviendo a enamorar? Durante meses los dos habían perseguido un sentimiento que a menudo no sabían o no querían reconocer y cuando lo apresaban, se les escapaba como el agua entre los dedos. Y ahora, de improviso, aparecía de nuevo y diferente, con una certeza como nunca antes la había tenido. Ahora que era el peor momento para enamorarse, cuando otro ya ocupaba su sitio en la cama de ella.

La tarde siguiente, después de tomar café, paseaban por el centro comercial, charlando y parándose distraídamente delante de los escaparates de las tiendas de ropa femenina. Finalmente entraron en una de tantas casi por pasar el rato. Ella era muy atractiva. Alta y delgada, de piel blanca y cabello rubio que, salvaje y rizado, le caía hasta la mitad de la espalda. Unas piernas interminables y un abundante y bonito pecho que fue, cuando se conocieron meses atrás, casi en lo primero que se fijó. Era muy tímida y solía vestir ropa ancha y calzado plano, y aunque él pensaba que ella se podía sacar mucho más partido, un tonto pudor nunca le había permitido decírselo.

Quizás por eso, cuando se detuvieron frente a una fila de perchas de donde colgaban cortas camisetas de lentejuelas para utilizar como atrevidos vestidos de noche, él la retó a probárselas. Y mientras iban hacia el probador de señoras, él fue tomando, de aquí y de allá, diversos complementos. Un bolso de fantasía, enorme y de color oro viejo, unos botines negros calados con unos tacones de diez centímetros y unas gafas de sol de montura grande y redonda, muy retro, de estilo finales de los sesenta.

Ella se metió con todo aquello tras la cortina y cuando salió, en menos de cinco minutos, él se quedó con la boca abierta. La chica alta y un poco desgarbada que tan bien conocía, se había transformado de repente en una espectacular diosa rubia, de casi metro noventa de altura y de piernas y pecho sensacionales. Y fue en ese momento, mientras el turbio y voraz deseo lo invadía de nuevo de manera incontrolable, que comprendió, quizás demasiado tarde, lo terriblemente difícil que iba a ser continuar su vida sin ella.


Sevilla, Agosto de 2009