La princesa y el anuncio del tren

Atrapado en el atasco, la ví esperando en la parada. Morena y muy arreglada, fumaba con cara de fastidio. Pensé que era demasiado guapa, demasiado bien vestida para montar en autobús. A su lado un enorme cartel anunciaba los últimos modelos de trenes de cercanias y ella encendía un cigarrillo tras otro, un poco desesperada. Había nacido para desayunar caviar y champan y pasar los veranos en un yate en la costa azul y nunca esperar a nadie.

Cuando decidí acercarme, un potente deportivo rojo paró a su lado. El conductor -rubio, alto, delgado- la recogió entre disculpas y se perdieron rápidamente en la avenida entre los rugidos del potente motor. El moderno tren del anuncio pareció mirarme con sorna cuando comprendí que yo no había nacido para las princesas.

Sevilla, Noviembre de 2006

Lola

Para Lola, claro.

Botas, vaqueros y cazadora. Lola se acerca al café entre la lluvia y el viento que le revuelve el peinado.

A Lola le gusta el chocolate y jamás va al cine sola. También le gusta escribir y no hace tanto, estuvo casada.

Lola sonríe y se emociona y sonríe otra vez. Y recuerda cómo le ha cambiado la vida en los últimos meses.

Lola es muy guapa. Tiene los ojos bonitos y mientras habla, a veces, enseña la cinta de su sujetador rosa.

A Lola la conocí ayer y ya solo quiero escribir para ella.

Sevilla, Noviembre de 2006

En un bar del centro

Escribo en un bar, al lado de un hindú que habla en inglés y no entiende nada.

A mi izquierda, una pareja que se divorciará dentro de poco, aun no lo sabe. Más allá, unas chicas se ríen, pero una echa de menos un novio que la rescate del grupo de amigas.

En la barra, la camarera se esconde detras de una columna de color rosa mientras piensa que de nuevo no llegará a fin de mes. Y en la mesa junto a la puerta, una rubia teñida está enamorada del mejor amigo de su marido.

Las dos chicas del fondo se besan sin saber que nunca mas volverán a verse.

Y yo en medio de todo, sigo escribiendo mientras el bar, poco a poco, se queda vacío.

Sevilla, Noviembre de 2006

Ocho años después

Para Eugenia.

Estuve en el Pilar, en el bar donde comimos aquellos callos con un sabor tan raro a vinagre ¿te acuerdas?. Pasé por la puerta de nuestro hotel, donde tanto nos quisimos y busqué durante un buen rato el sitio donde cenamos, pero no lo encontré. Quizás pasé por delante y no lo reconocí, o quizás cerró hace años.

Te llamé para contártelo pero me respondió el contestador de tu móvil. Y me emocioné recordando aquel tiempo en que aun me sentía capaz de cambiar mi vida.

Solo en la calle, se me saltaron las lágrimas. Aquí rocé la felicidad con la punta de los dedos pero me faltó, como siempre, valor para no dejarla escapar.

Ha sido mágico volver a Zaragoza. Me hubiera encantado verte, darte un abrazo y apretarte fuerte y llorar en tu hombro recordando un tiempo que hace mucho que se ha borrado.

Pero ahora que ya soy libre no quieres verme. Y me lo he ganado a pulso y lo lamento y probablemente ya no tenga remedio.

Se me escapa un "te quiero" bajito entre los labios y me siento más solo que en otros viajes, porque Zaragoza eres tú, y si ti, nada es igual.

Sevilla, Noviembre de 2006