Crueldad

Hay algo que siempre he sabido hacer muy bien. Se cómo ser extremadamente cruel cuando es necesario. Sé buscar y decir la palabra justa, el recuerdo que más duele, el momento que alguien menos querría recordar. Supongo que todos lo hacemos, pero yo soy de los que cuando odia no se deja ningún recurso detrás si es para hacer daño. Sin sentimientos, sin sufrir por quien que está enfrente, sin piedad.


Sevilla, Octubre de 2012

Un viaje a Lisboa

No se si alguna vez te he escrito sobre mi relación con Lisboa y Portugal. Quizás porque mi padre era de Isla Cristina y su pueblo casi fronterizo era lugar de paso  para muchos viajeros del país vecino. Quizás porque mi madre es tinerfeña y siempre he sabido que el norte de la isla se repobló con portugueses después de la conquista. Quizás porque soy un poco melancólico y a menudo he relacionado la nostalgia con la costa atlántica en general y con los portugueses en particular, o quizás porque mi padre visitó varias veces  Lisboa y durante años nos hablo de la belleza de sus plazas y sus calles y de la inmensidad del Tajo en su desembocadura. El caso es que desde muy niño ha sido una ciudad muy especial para mi. 

La visité por primera vez ya mayor, hará unos tres años, con mis hijos. Una visita de medio día, fugaz y casi de manual de turista. Pero lo suficiente para desear volver de nuevo.

Regresé un año después, durante las fiestas de Santo Antonio, el patrón de la ciudad. San Antonio se vive por toda Lisboa, pero especialmente en Alfama, el antiguo barrio árabe, de calles estrechas y tortuosas y cuestas pronunciadas. Sube desde la orilla del Tajo hasta la zona alta de la ciudad y desde lejos parece como si el barrio se recostase sobre la montaña descansando de una jornada agotadora.

Alfama es árabe por los cuatro costados, por la gente que vive allí, por los olores a comida, la colada secando al sol en los balcones, las casas con las puertas abiertas, el bullicio, la suciedad... Si tuviera que compararlo con algún sitio, posiblemente algunas de las zonas más tranquilas de la Medina de Marrakech fueran lo más acertado. Alfama es un barrio viejo, descuidado, lleno de niños jugando desharrapados y de gente peculiar. No quedan árabes en Alfama, pero parece como si la herencia de tantos siglos siga marcando la vida de todo el que vive allí.

En San Antonio todo Alfama está en la calle. Las asociaciones de vecinos, las casas  de comidas, grupos de amigos, todos, instalan en plena calle pequeños ventorrillos donde se asan sardinas y pollo sobe brasas de carbón. Música que va de la salsa al fado suena por todas partes y no es extraño ver a la gente bailar en plena calle a cualquier hora del día o de la noche. Es una experiencia que solo puedo comparar a las fiestas del norte de Tenerife. De hecho, estoy seguro que ambas tienen un origen común. Mis amigos lo encontraban pintoresco. Yo, que había vivido fiestas similares durante mis vacaciones de adolescente, me sentía como si estuviera de nuevo en mi querida isla. Creo que aquel fin de semana me enamoré para siempre de Lisboa.

En aquel viaje hice muchas fotos, pero a la vuelta, cuando las revelé, casi ninguna me dejó satisfecho. Todavía entonces estaba reposando todo lo aprendido en un reciente curso de fotografía. Hay que dejar pasar un tiempo para que los conocimientos se interioricen y dejar de pensar, cada vez que vas a disparar, en si estas haciendo o no una obra de arte. La fotografía tiene su técnica, pero una vez aprendida hay que olvidarla un poco, para que sea más natural, más fluida, más sin pensar.

Por eso, ahora que volvía a Lisboa con mi hermano, para asistir a un concierto de un cantante muy conocido, estaba deseando salir a fotografiar, pensando en buscar rincones bonitos y buenos encuadres, nada más. Si luego salía una foto interesante,  tanto mejor. A las seis de la tarde llegamos a la pensión. Pablo había conducido todo el viaje y decidió quedarse en la habitación. Yo estuve tentado de acompañarlo, pero la luz del atardecer era bonita y yo no estaba cansado, así que decidí bajar a dar un paseo, tomar un café y fotografiar lo que pudiera.

Pronto me vi sentado en un café cercano que me encantó. Mesas corridas junto a otras redondas, con gente de todas partes sentada mezclada y charlando casi en la penumbra. Estantes llenos de libros ocupando todas las paredes del local, invitando a tomar cualquiera de ellos y leer mientras el café se iba quedando frio en la taza. Estuve allí poco tiempo, unos veinte minutos, pero necesitaba unos momentos de sosiego para dejar que mi cuerpo y mi mente se dieran cuenta de que ya no estaba en España. Dejé la cámara sobre la mesa y mientras hojeaba distraido la carta de refrescos y el café iba desapareciendo de mi taza, me dedique a mirar a mi alrededor, a observar a la gente de las otras mesas y a escucharlos hablar en portugués.

A las siete estaba en la calle y paseando en dirección  al río fui parando en un sitio u otro y tomando alguna fotografía. Pocas, que ahora disparo menos y pienso más. Cuando llegué a la Plaza del Comercio, que tiene un embarcadero que desemboca directamente en el Tajo, paseé lento por ella, respiré el aire con olor a mar y disfruté de aquel rato de soledad que me hacía sentir como alguien llegado de un mundo antiguo que entra en otro nuevo. 

Creo que aquellas son las más bellas fotografías que he hecho, porque fueron momentos bellos, especiales, muy disfrutados, muy deseados.

Un poco más tarde volvía a la pensión para recoger a Pablo y salir para el concierto, pero eso ya es otra historia...


Sevilla, Octubre de 2012

Rabia

Para Y., que debería haberse quedado...


Sudamos. En la oscuridad del dormitorio, debajo de mí, jadeas en voz baja. Mi peso te aplasta, boca abajo, contra la cama. Te empujo una y otra vez contra ella con extrema violencia, con rencor, con un enorme despecho. 

Hace un par de horas que hemos roto y no sé muy bien cómo hemos llegado hasta aquí. El alcohol me nubla la mente y los recuerdos son difusos. Solo sé que que me invade la ira. Es casi lo único que no he sido capaz de olvidar. Me muerdes un brazo. Con rabia, con miedo contenido. Me sorprendes, no te creía capaz. Te golpeo una sola vez, con la mano abierta, en un lado de la cabeza, no demasiado fuerte. Lo justo para que sueltes tu presa. Y te susurro al oído, frio y amenazante, que si lo vuelves a hacer lo vas a lamentar. Te empujo más fuerte aún, cómo si quisiera partirte en dos. Y mientras me vacío dentro de ti, como nunca antes lo había hecho, siento llegar tu orgasmo y ambos gritamos en el silencio de la noche.

- Deberíamos romper con más frecuencia, jadeas, exhausta, mientras me separo de ti.


Sevilla, Octubre de 2012

Despedida

El despecho, la rabia, la desolación, la sensación cierta de haberte perdido para siempre me descomponen y me desconciertan.

Estas semanas te he escrito, a veces, para provocar una respuesta que nunca llega, a veces para creer que sigues ahí, como no hace tanto, a veces para  hablarte, para contarte lo que me sucedió en este o en aquel momento. Cómo a un amiga muy querida. Porque fuimos amigos, si. A la vez que amantes en la distancia, nos hicimos amigos. Compartiendo fotografías, música, risas, versos y esos pequeños pero importantes momentos de cada una de nuestras vidas, a veces bonitos, a veces terribles, que nos han llevado a ser cómo somos.

Me enamoré de ti leyendo tus cartas, tus pequeños poemas, tu firma, que cada vez contaba algo diferente de ti, de tus quehaceres, tus sentimientos o tus deseos. Nunca imaginarás lo que me impresionaba de qué manera en dos o tres palabras eras capaz de enseñarme tanto de ti.

Tanto, que yo que me consideraba buen escritor, me sentía incapaz siquiera de asomarme a la belleza de tus palabras, de intentar siquiera provocar en ti el efecto que las tuyas causaban en mi.

Alguna vez te lo quise explicar, pero nunca he tenido la facilidad para hablar que tengo para escribir. Quizás es que delante de un papel me da tiempo a ordenar mis ideas y decir lo que realmente siento, sin divagar, como tantas veces me pasaba cuando hablábamos, hasta el punto de exasperarte.

Por eso esta noche tomo de nuevo papel y pluma, porque aun sabiendo de seguro que es tarde, no podía despedirme sin que supieras de qué manera, sin darme cuenta, me enamoré de ti.


Sevilla, Octubre de 2012