Una y otra vez, tú

Para Maria A.


Sentado delante de esta página en blanco, pasan las horas y no se me ocurre nada. Perdida la inspiración mientras la penumbra envuelve la habitación y apenas distingo los objetos que hay en mi escritorio, recuerdo amores perdidos, citas a ciegas y paseos en bici. Exprimo mi cabeza buscando algo nuevo sobre lo que escribir y solo te apareces tú. Tú, una y otra vez. Desnuda en mi cama aquellas mañanas de febrero, que no consigo olvidar. Tú, una y otra vez, andando por el pasillo de casa, solo vestida con unas botas negras. Tú, una y otra vez, con aquel descaro que me entusiasmaba, la crudeza con que hablabas de sexo y ese carácter tan fuerte que se me hacía tantas veces difícil de manejar. Tú, con quien escribí versos e historias extraordinarias. Tú, que aun me haces soñar con la quimera de volver a tenerte entre mis brazos. Tú, siempre tú, en todas partes tú, en cada nueva mujer, irremediablemente, tú.


Sevilla, Diciembre de 2011

Ajuste de cuentas

Que sólo quería acostarme contigo y que todo lo demás -cómo tantas veces me reprochaste- me sobraba, puede que fuera cierto. Pero más verdad fue que tu inconcebible falta de respeto por todo lo que me gustaba, por todo lo que quería, por todo lo que me entusiasmaba abrió una brecha tan grande entre los dos que ya ni el sexo, que contigo había sido como con ninguna, podía cerrarla. Y es por eso y no por otro motivo que aquella tarde, la última que hablamos, decidí de vuelta a casa, no verte ni hablarte más... Y aunque aún muchas noches te echo de menos en mi cama, en mis días ya no queda ni un solo pensamiento para ti.


Sevilla, Diciembre de 2011

Bohemia

Si algo me gustó de ti, fue que amases el chocolate negro y que escribieras en un alemán que yo ya casi había olvidado y que necesitara leerte en mi pobre italiano para desvelar un punto tus misterios. 

Tan atractiva estabas detrás de tu puesto de collares de cuentas y alambres retorcidos, que un sábado y otro y otro y otro paseé largo por la Alameda hasta llegar a dudar si el tuyo, que nunca volví a encontrar, era real o sólo un desvarío de mi mente confusa que construyó un recuerdo donde sólo hubo una imagen soñada. 

Te busqué durante meses hasta que tu memoria se fue tornando borrosa, mientras la primavera pasaba lenta y el estío iba desarbolando y distrayendo y diluyendo mis ganas de reencontrarte. Pero he aquí que llegado el otoño, releo tus cartas y me tropiezo contigo y lo invades todo y se avivan de nuevo aquellas ganas de salir a buscarte el sábado, el viernes, el jueves y si no hallarte, al menos pensar que de cierto, no dejé de intentarlo.


Sevilla, Noviembre de 2011

La oficina

Tus gemidos se confunden con los míos mientras el resto de la oficina sigue trabajando como si nada estuviese pasando... Un momento después, me separo de ti, te recompones el vestido y te sientas a tu mesa,  mientras yo me despido con un leve beso en tus labios y te dejo allí, entre instancias y papeles varios.


Sevilla, Junio de 2011

El arcón cubano

Lo único insoportable para el ser racional es lo irracional, pero lo razonable se puede soportar. Sencillamente, si nos fijamos, hallaremos que nada abruma tanto al ser racional como lo irracional y, a la vez, nada lo atrae tanto como lo razonable. Más, cada uno experimenta de modo distinto lo razonable y lo irracional, igual que lo bueno y lo malo y que lo conveniente y lo inconveniente. Ésa es la razón principal de que necesitemos la educación, que aprendamos a adaptar de modo acorde con la naturaleza el concepto de razonable e irracional a los casos particulares. Para juzgar lo razonable y lo irracional cada uno de nosotros nos servimos no sólo del valor de las cosas externas, sino también de nuestra propia dignidad personal.

Epícteto de Frigia
Disertaciones



Conocí a María una tarde de mediados de Febrero, en un taller de restauración de muebles antiguos. 

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Cuando murió mi abuela, recibí en herencia un viejo arcón de madera tallada, que desde entonces he colocado a los pies de mi cama. El arcón era una pieza realmente antigua, traída de Cuba por mi abuelo Domingo, que había emigrado siendo muy joven a la isla, como tantos otros canarios de su época.


Recuerdo, siendo muy niño, las veladas veraniegas en la galería de su casa, cuando mis hermanos y yo nos reuníamos alrededor de Papá Domingo -así le llamábamos todos- que sentado en su mecedora, con su eterno cigarro en la boca, comenzaba a contarnos, con su acento mitad canario y mitad cubano, sus aventuras en aquella lejana isla del Caribe. Palmerales infinitos, playas de arena blanca, viejos coches americanos, clubes de Jazz que no cerraban en toda la noche, mulatas exuberantes, policías corruptos, gentes de todo el mundo que arribaban al puerto de La Habana buscando una nueva vida o huir de la anterior, el calor húmedo, el batir de las olas en el Malecón...Toda mi infancia está llena de imágenes donde se mezclan realidad y fantasía hasta confundir las historias de mi abuelo con mis propios recuerdos de los veranos en el norte de Tenerife.


El arcón de Papá Domingo tenía algo de mágico, mezcla de cuerno de la abundancia y caja de Pandora. Durante aquellas largas tardes de verano, mi abuelo solía hurgar en él para enseñarnos todo tipo de objetos con los que ilustrar sus historias: viejas fotografías desvaídas, recortes de periódico anunciando la llegada a puerto de transportes de mercancías y barcos de pasajeros, diversas herramientas de madera y metal, un pequeño diario de viaje, ropas de trabajo raídas por el tiempo, un sombrero de paja desfondado, un viejo violín al que le faltaban la mitad de las cuerdas y que él tocaba a la manera de Cuba, colocándolo entre las piernas, diversos cachivaches y adornos de latón y una pequeña colección de libros de aventuras, entre los que se encontraban La Isla del Tesoro, de Stevenson y Las Minas del Rey Salomón, de H. Rider Haggard.


Yo, que era el mayor de mis hermanos, tenía, al contrario que ellos, el privilegio de poder curiosear el contenido del viejo arcón. Después de comer, mientras los demás dormían la siesta, Papá Domingo me tomaba de la mano y me llevaba a la galería. Y mientras encendía su cigarro y grises volutas de humo lo rodeaban muy despacio, me alargaba la llave del arcón para que lo abriese y hurgase en su interior.


Creo que mis primeras lecturas fueron los libros de aventuras de mi abuelo y aquellos viejos periódicos cubanos, con sucesos y noticias que me hacían viajar muy, muy lejos. Papá Domingo me contaba que había comprado el arcón recién llegado a Cuba, en una pequeña y angosta tienda de la calle Empedrado, en la Habana Vieja. El arcón procedía, según le contó el dueño del comercio, de Filipinas, y probablemente era cierto, ya que las tallas en la madera representaban escenas cotidianas de la vida en una aldea, y los rasgos de los indígenas, así como los animales y plantas, eran, sin género de dudas, de origen asiático.


Desde que recibí el arcón, siempre ha permanecido a mi lado. En cada mudanza, en cada estancia en el extranjero, en cada travesía en barco, el viejo baúl ha viajado conmigo. Tanto viaje, sin embargo, había ido deteriorándolo, y a pesar del cuidado con que siempre lo había tratado, las viejas maderas estaban llenas de arañazos, el barniz había perdido casi todo su brillo, algunos de los entallados estaban francamente averiados y la tapa estaba un poco  desencajada, posiblemente debido a que los herrajes y bisagras se estaban soltando de sus uniones a la madera.


Había oído hablar de un taller especializado en la restauración de muebles antiguos, en un pueblo cercano a Sevilla. María, la dueña, lo había abierto hacía pocos años, pero en muy poco tiempo se había hecho muy conocido debido, según se comentaba, al esmero y cuidado con que se trataban y reparaban todos los muebles que allí iban a parar.


Llegué al taller de María a las seis de la tarde. Habíamos concertado la cita el día anterior, y ya por teléfono, me agradó su tono de voz, pausado y tranquilo, y la avalancha de preguntas que me hizo sobre el viejo mueble. Tuve que describírselo con todo lujo de detalles, desde las dimensiones hasta las tallas en los laterales, el frontal y la tapa, el número de bisagras y herrajes, el tipo de cerradura, el color de la madera, su posible antigüedad e incluso se interesó por la historia del arcón.


María era una mujer joven, de mediana estatura, morena, delgada y muy atractiva. Me recibió en la puerta del taller, en vaqueros y camiseta y con las manos protegidas por unos guantes de trabajo. El taller olía a madera, barnices y cola de carpintero. En las paredes había anaqueles llenos de diversas telas y cintas de tapicero, colocadas por colores, y en paneles verticales y perfectamente ordenadas, infinidad de herramientas de nombre y uso desconocido para un profano. En una esquina, al fondo, estaba el armario donde se guardaban los barnices, disolventes y pinturas, y cerca de la entrada, un pequeño buró, de estilo isabelino, donde se apilaban diversos cuadernos llenos de detalles y bocetos de muebles, tallados y reparaciones.


El centro del taller lo ocupaba un enorme banco de trabajo, donde se encontraba una silla Luis XVI en pleno proceso de reparación y tapizado. En el banco se acumulaban reglas de metal, lápices, algunas herramientas, trapos, botes de barniz y disolventes y algunos pinceles. Diversos muebles pendientes de reparar descansaban contra una pared lateral, colocados en perfecto orden, como soldados pendientes de revista, y todo el espacio estaba iluminado por una enorme claraboya en el techo, cuya luz, aquel atardecer, le daba un aspecto de taller antiguo, cómo esos que se ven en algunos grabados de Gustavo Doré.


En cuanto vio el viejo arcón, María quedó prendada de él. Dedicó casi una hora a examinarlo y comprobar el estado de la madera y los cierres, tomar diversas fotos y realizar algunos bocetos de detalle de las tallas. Durante todo ese tiempo apenas habló conmigo, salvo un par de preguntas sobre los lugares donde había viajado el arcón y el uso que se le había dado. Pasaba las yemas de los dedos por las volutas de la madera con extrema delicadeza y examinaba con mirada experta el estado, francamente lamentable, de algunas de las escenas talladas en la madera.


No he visto nunca antes a nadie tan entregado a su trabajo. En aquel momento parecía que el mundo se hubiera detenido. Apenas llegaban ruidos del exterior, y en aquel silencio, sólo interrumpido por el clic de la cámara  de fotos y el raspar del lápiz sobre el cuaderno de dibujo, mientras el taller entraba en penumbra a medida que iba oscureciendo, llegué a sentir una sensación de irrealidad muy parecida a la que tenía de niño cuando leía, junto a mi abuelo, las historias de sus libros de aventuras.


No recuerdo cómo, pero de pronto me encontré contándole a María la historia del viejo arcón. Le hablé de mi abuelo, de mis recuerdos de infancia, de mis viajes.  Hablaba y hablaba sin parar, rápido, como si tantos recuerdos lucharan unos con otros por salir lo antes posible al exterior. Estuve hablando mucho tiempo, hasta que la oscuridad invadió por completo el taller. Cuando me detuve, fue como si volviera de un sueño. Casi me faltaba la respiración, y me di cuenta de que María se había sentado a mi lado y tenía mi mano entre las suyas. Nos miramos a los ojos, y sin decir palabra nos fundimos en un apasionado beso del que sólo fueron testigos mis recuerdos y el viejo baúl que parecía, con la tapa desencajada, sonreir, como lo hacía mi abuelo cuando terminaba de contarnos una de sus aventuras.

Sevilla, Marzo de 2011

Instrucciones para enviar un mensaje en una botella


Este texto fue una idea de María A. para acompañar un regalo -una botella para enviar mensajes- que le hicimos a mi hermano Pablo el día que cumplió 44 años. Lo escribimos en un bar de la Alameda de Hércules en un par de servilletas de papel, mientras esperábamos la cena.
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Uso, prescripción y recomendaciones 

Este producto está indicado en caso de naufragio, voluntario o no, aburrimiento, voluntario o no, necesidad de expresar lo que se siente y no saber como hacerlo y deseo de ser comprendido.

Abstenerse de utilizar el producto personas que no crean que los deseos se cumplen, desconfíen de sus posibilidades ó del interés y afecto que los demás tengan en ellas.

1. Mantenga la calma.
2. Échele ilusión.
3. Sea sincero y honesto, consigo y con los demás.
4. Exprésese sin miedo ni rencor.
5. Abra la botella con delicadeza e introduzca el mensaje escrito con sus intenciones.
6. Antes de cerrarla, recuerde dar un beso de buena suerte en el interior del tapón de corcho que se acompaña.
7. Selle adecuadamente la botella con las bolitas de lacre que se adjuntan en la cajita.

No arroje la botella contra cuerpos sólidos, ya que peligraría su integridad. No lo haga, tampoco, en espacios públicos, fuentes o piscinas municipales ya que podría ser multado por la autoridad competente.

Recomendamos arrojar la botella en el mar, rios, riachuelos o charcos con la suficiente profundidad.


Si usted tiene especial interés en que alguien en concreto reciba el mensaje, se recomienda ponerlo al alcance de su mano.

Otros usos: Reconciliaciones

Se recomienda para este fin echar la botella con el mensaje en la bañera, acompañándola de pétalos de rosas, sales perfumadas y velitas encendidas.

Efectos secundarios

Si el destinatario está realmente enfadado, recomendamos no estar presentes durante la apertura de la botella para evitar daños al remitente de los cuales no se hace en absoluto responsable la empresa fabricante.


Sevilla, Marzo de 2011

Cosas sin importancia

Un poema a dos manos, de Jose Félix y María A.

Mientras nos contamos cosas sin importancia,
la lluvia resbala por los cristales de tu ventana
sin más razón que hacerte compañía.

Las luces de la calle se reflejan en las gotas
que tejen collares de mil colores,
como pequeños cristales de ámbar
que asoman del mar tras siglos de oscuridad,

y que se deslizan hasta el alféizar
soñando con rodear tu cuello,
mientras se pierden para siempre
en la penumbra del anochecer.


Sevilla, Febrero de 2011