Si algo me gustó de ti, fue que amases el chocolate negro y que
escribieras en un alemán que yo ya casi había olvidado y que necesitara leerte en mi pobre italiano para desvelar un punto tus misterios.
Tan atractiva estabas detrás de tu puesto de collares de cuentas y alambres retorcidos, que un sábado y otro y otro y otro paseé largo por la Alameda hasta llegar a dudar si el tuyo, que nunca volví a encontrar, era real o
sólo un desvarío de mi mente confusa que construyó un recuerdo donde sólo hubo una imagen soñada.
Te busqué durante meses hasta que tu memoria se fue tornando borrosa, mientras la
primavera pasaba lenta y el estío iba desarbolando y distrayendo y diluyendo mis
ganas de reencontrarte. Pero he aquí que llegado el invierno, releo tus
cartas y me tropiezo contigo y lo invades todo y se avivan de nuevo aquellas ganas de
salir a buscarte el sábado, el viernes, el jueves y si no hallarte, al menos pensar que de cierto, no dejé de intentarlo.
Sevilla, Noviembre de 2011
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