Yo fuí recolector de peras en Lérida

Para la IV Zifras y Letras.

...Porque, ¿sabes?, de joven hice muchas locuras. Aquel verano necesitaba dinero y me fui al norte, de jornalero. Muy cerca de la huerta donde trabajaba había una plantación -ilegal, por supuesto- de marihuana. Por las noches, acompañado de un par de amigotes -Inma y Salva- saltábamos la cerca y nos llevábamos la "maría". No sé qué le habían hecho a las plantas, pero el caso es que aquello no colocaba nada. Cerca, en un pueblo abandonado había una colonia de hippies, con aspecto de andar muy perdidos en medio del Ampurdán.

Una tarde nos acercamos al poblado con tres sacos llenos de la marihuana "light". Aquello fué para verlo. Nosotros en medio del pueblo sacando los manojos de hojas y los hippies casi pujando por ellas. En diez minutos les habíamos vendido toda la mercancía y amablemente, renunciamos a compartir con ellos una fumada, porque teníamos que volver corriendo al tajo. No te imaginas como nos reímos todo el camino de vuelta con nuestra travesura.

No recuerdo cuanta pasta sacamos, pero aquel fin de semana nos fuimos los tres a Barcelona, a "gastos pagados". Allí, el sábado por la noche, en el "Peach Bar" -¿te acuerdas?, el local de Teo, que se había convertido en punto de peregrinación de toda la movida progre de Barcelona- conocí a Ardelia, tremenda rubia de ojos azules. Quizas algún dia te cuente nuestras aventuras...

Sevilla, Mayo de 2005

En el autobús

Para Zifra, por la inspiración.

...Y ya sabes cómo es ella. Limpia. ¿Qué digo limpia? Relimpia. Y activa. Hi-per-ac-ti-va. Nunca está cansada. Yo, tu sabes, llego del trabajo sin ganas de nada y ahí la tienes, en el salón, quitándole el polvo a la cristalería. ¡El polvo! ¡Pero si no le da tiempo a asentarse!

Y por la tarde... Sé que te lo he contado muchas veces, pero hijo, tengo que desahogarme con alguien. No hemos acabado de comer y ya está recogiendo la mesa. ¿Tu has visto a alguien que no tome el postre hasta después de fregar los platos? ¡Pues lo tienes delante!

Y cuando, por fin, me acerco al sofá para echarme la siesta, siempre hay que hacer algo. ¡No pongas esa cara! ¡Te juro que es así! Pasar la fregona, barrer la casa, tender la colada o limpiar los cuartos de baño. ¡A las cuatro de la tarde! Y claro, ¿Cómo te echas una siesta con ella pasando la mopa por el salón? Te entra mala conciencia. Tu ahí tumbado y ella, la pobre, jartándose de trabajar. Total, que te levantas, le preguntas sin ganas si quiere que la ayudes y cómo te descuides, acabas fregando los cuartos de baño después de haberles quitado el polvo -¿pero qué polvo, Dios mío, ¿dónde está ese polvo?- a los libros de la biblioteca.

Te lo juro, es inagotable. Yo ya no sé que hacer, y solo llevamos seis meses juntos...

Sevilla, Mayo de 2005