El arcón cubano

Lo único insoportable para el ser racional es lo irracional, pero lo razonable se puede soportar. Sencillamente, si nos fijamos, hallaremos que nada abruma tanto al ser racional como lo irracional y, a la vez, nada lo atrae tanto como lo razonable. Más, cada uno experimenta de modo distinto lo razonable y lo irracional, igual que lo bueno y lo malo y que lo conveniente y lo inconveniente. Ésa es la razón principal de que necesitemos la educación, que aprendamos a adaptar de modo acorde con la naturaleza el concepto de razonable e irracional a los casos particulares. Para juzgar lo razonable y lo irracional cada uno de nosotros nos servimos no sólo del valor de las cosas externas, sino también de nuestra propia dignidad personal.

Epícteto de Frigia
Disertaciones



Conocí a María una tarde de mediados de Febrero, en un taller de restauración de muebles antiguos. 

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Cuando murió mi abuela, recibí en herencia un viejo arcón de madera tallada, que desde entonces he colocado a los pies de mi cama. El arcón era una pieza realmente antigua, traída de Cuba por mi abuelo Domingo, que había emigrado siendo muy joven a la isla, como tantos otros canarios de su época.


Recuerdo, siendo muy niño, las veladas veraniegas en la galería de su casa, cuando mis hermanos y yo nos reuníamos alrededor de Papá Domingo -así le llamábamos todos- que sentado en su mecedora, con su eterno cigarro en la boca, comenzaba a contarnos, con su acento mitad canario y mitad cubano, sus aventuras en aquella lejana isla del Caribe. Palmerales infinitos, playas de arena blanca, viejos coches americanos, clubes de Jazz que no cerraban en toda la noche, mulatas exuberantes, policías corruptos, gentes de todo el mundo que arribaban al puerto de La Habana buscando una nueva vida o huir de la anterior, el calor húmedo, el batir de las olas en el Malecón...Toda mi infancia está llena de imágenes donde se mezclan realidad y fantasía hasta confundir las historias de mi abuelo con mis propios recuerdos de los veranos en el norte de Tenerife.


El arcón de Papá Domingo tenía algo de mágico, mezcla de cuerno de la abundancia y caja de Pandora. Durante aquellas largas tardes de verano, mi abuelo solía hurgar en él para enseñarnos todo tipo de objetos con los que ilustrar sus historias: viejas fotografías desvaídas, recortes de periódico anunciando la llegada a puerto de transportes de mercancías y barcos de pasajeros, diversas herramientas de madera y metal, un pequeño diario de viaje, ropas de trabajo raídas por el tiempo, un sombrero de paja desfondado, un viejo violín al que le faltaban la mitad de las cuerdas y que él tocaba a la manera de Cuba, colocándolo entre las piernas, diversos cachivaches y adornos de latón y una pequeña colección de libros de aventuras, entre los que se encontraban La Isla del Tesoro, de Stevenson y Las Minas del Rey Salomón, de H. Rider Haggard.


Yo, que era el mayor de mis hermanos, tenía, al contrario que ellos, el privilegio de poder curiosear el contenido del viejo arcón. Después de comer, mientras los demás dormían la siesta, Papá Domingo me tomaba de la mano y me llevaba a la galería. Y mientras encendía su cigarro y grises volutas de humo lo rodeaban muy despacio, me alargaba la llave del arcón para que lo abriese y hurgase en su interior.


Creo que mis primeras lecturas fueron los libros de aventuras de mi abuelo y aquellos viejos periódicos cubanos, con sucesos y noticias que me hacían viajar muy, muy lejos. Papá Domingo me contaba que había comprado el arcón recién llegado a Cuba, en una pequeña y angosta tienda de la calle Empedrado, en la Habana Vieja. El arcón procedía, según le contó el dueño del comercio, de Filipinas, y probablemente era cierto, ya que las tallas en la madera representaban escenas cotidianas de la vida en una aldea, y los rasgos de los indígenas, así como los animales y plantas, eran, sin género de dudas, de origen asiático.


Desde que recibí el arcón, siempre ha permanecido a mi lado. En cada mudanza, en cada estancia en el extranjero, en cada travesía en barco, el viejo baúl ha viajado conmigo. Tanto viaje, sin embargo, había ido deteriorándolo, y a pesar del cuidado con que siempre lo había tratado, las viejas maderas estaban llenas de arañazos, el barniz había perdido casi todo su brillo, algunos de los entallados estaban francamente averiados y la tapa estaba un poco  desencajada, posiblemente debido a que los herrajes y bisagras se estaban soltando de sus uniones a la madera.


Había oído hablar de un taller especializado en la restauración de muebles antiguos, en un pueblo cercano a Sevilla. María, la dueña, lo había abierto hacía pocos años, pero en muy poco tiempo se había hecho muy conocido debido, según se comentaba, al esmero y cuidado con que se trataban y reparaban todos los muebles que allí iban a parar.


Llegué al taller de María a las seis de la tarde. Habíamos concertado la cita el día anterior, y ya por teléfono, me agradó su tono de voz, pausado y tranquilo, y la avalancha de preguntas que me hizo sobre el viejo mueble. Tuve que describírselo con todo lujo de detalles, desde las dimensiones hasta las tallas en los laterales, el frontal y la tapa, el número de bisagras y herrajes, el tipo de cerradura, el color de la madera, su posible antigüedad e incluso se interesó por la historia del arcón.


María era una mujer joven, de mediana estatura, morena, delgada y muy atractiva. Me recibió en la puerta del taller, en vaqueros y camiseta y con las manos protegidas por unos guantes de trabajo. El taller olía a madera, barnices y cola de carpintero. En las paredes había anaqueles llenos de diversas telas y cintas de tapicero, colocadas por colores, y en paneles verticales y perfectamente ordenadas, infinidad de herramientas de nombre y uso desconocido para un profano. En una esquina, al fondo, estaba el armario donde se guardaban los barnices, disolventes y pinturas, y cerca de la entrada, un pequeño buró, de estilo isabelino, donde se apilaban diversos cuadernos llenos de detalles y bocetos de muebles, tallados y reparaciones.


El centro del taller lo ocupaba un enorme banco de trabajo, donde se encontraba una silla Luis XVI en pleno proceso de reparación y tapizado. En el banco se acumulaban reglas de metal, lápices, algunas herramientas, trapos, botes de barniz y disolventes y algunos pinceles. Diversos muebles pendientes de reparar descansaban contra una pared lateral, colocados en perfecto orden, como soldados pendientes de revista, y todo el espacio estaba iluminado por una enorme claraboya en el techo, cuya luz, aquel atardecer, le daba un aspecto de taller antiguo, cómo esos que se ven en algunos grabados de Gustavo Doré.


En cuanto vio el viejo arcón, María quedó prendada de él. Dedicó casi una hora a examinarlo y comprobar el estado de la madera y los cierres, tomar diversas fotos y realizar algunos bocetos de detalle de las tallas. Durante todo ese tiempo apenas habló conmigo, salvo un par de preguntas sobre los lugares donde había viajado el arcón y el uso que se le había dado. Pasaba las yemas de los dedos por las volutas de la madera con extrema delicadeza y examinaba con mirada experta el estado, francamente lamentable, de algunas de las escenas talladas en la madera.


No he visto nunca antes a nadie tan entregado a su trabajo. En aquel momento parecía que el mundo se hubiera detenido. Apenas llegaban ruidos del exterior, y en aquel silencio, sólo interrumpido por el clic de la cámara  de fotos y el raspar del lápiz sobre el cuaderno de dibujo, mientras el taller entraba en penumbra a medida que iba oscureciendo, llegué a sentir una sensación de irrealidad muy parecida a la que tenía de niño cuando leía, junto a mi abuelo, las historias de sus libros de aventuras.


No recuerdo cómo, pero de pronto me encontré contándole a María la historia del viejo arcón. Le hablé de mi abuelo, de mis recuerdos de infancia, de mis viajes.  Hablaba y hablaba sin parar, rápido, como si tantos recuerdos lucharan unos con otros por salir lo antes posible al exterior. Estuve hablando mucho tiempo, hasta que la oscuridad invadió por completo el taller. Cuando me detuve, fue como si volviera de un sueño. Casi me faltaba la respiración, y me di cuenta de que María se había sentado a mi lado y tenía mi mano entre las suyas. Nos miramos a los ojos, y sin decir palabra nos fundimos en un apasionado beso del que sólo fueron testigos mis recuerdos y el viejo baúl que parecía, con la tapa desencajada, sonreir, como lo hacía mi abuelo cuando terminaba de contarnos una de sus aventuras.

Sevilla, Marzo de 2011

1 comentario:

Tarsila dijo...

Y un rubor de corales de los mismisimos mares del sur, arribaron a mis mejillas.....