Tardes tontas de verano

Para Isabel, que me dió -sin saberlo- el título de esta historia.

No te puedes hacer una idea de lo sola que está la ciudad. Hay gente por el centro, claro, pero apenas se escuchan ruidos. Casi no se ven coches pasando por las calles y aunque los bares y las tiendas no están del todo vacíos, hay mucho más silencio que el resto del año. Cómo si toda la ciudad estuviera durmiendo una larga y tranquila siesta. Cuando a la tarde regreso a casa, se diría que estoy en un pueblo abandonado. Y más aún, porque estos días estoy solo en el edificio donde vivo. Al parecer todos los vecinos se han marchado de vacaciones.

Algunas noches, mientras subo las escaleras después de pasear a mi perro, me imagino en una de esas películas donde el protagonista y su animal son los únicos que han sobrevivido a un holocausto nuclear o a una de esas terribles plagas que no dejan a casi nadie con vida. Y como para confirmar mis pensamientos, de la calle ya no llegan las habituales voces de los transeúntes ni los ruidos de los vehículos que la cruzaban sin parar hasta hace un par de semanas.

A veces parece que hasta se escucha el silencio. Como cuando se te quedan taponados los oídos al bajar una fuerte pendiente y sientes, grave y lejano, algo parecido a un zumbido persistente. Mi barrio se asemeja a una ciudad fantasma, y únicamente porque de vez en cuando recibo uno de tus correos, se que no estoy del todo solo.


Sevilla, Julio de 2009

1 comentario:

mia dijo...

Y tienen algo de lóbrego, y al mismo tiempo algo de mágico estas "Tontas tardes de verano"... :)