El escita (variaciones sobre "La coraza" II)

"La gloria solo dura un instante, luego todos la olvidan. Pero el pesar puede acompañar al guerrero toda su vida."

Isabel Roblas


El guerrero escita entra cauteloso, espada en mano, en la cabaña en penumbra. Fuera aún resuenan los últimos lamentos de los heridos entremezclados con los gritos de los vencedores. En un rincón, cerca de un fuego moribundo, sucia de hollín y temblando de miedo y frío yace la bella esclava georgiana. Un inesperado temblor, un cansancio infinito por tantas muertes sin sentido invade su cuerpo cuando se cruzan sus miradas y la rubia mujer alza sus brazos implorantes hacia él.

Deja caer la espada y quitándose la armadura y el casco se acerca a ella y la acuna entre sus brazos, mientras le susurra al oído, en un extraño idioma, palabras para tranquilizarla.

Un instante más tarde, cuando sus compañeros, sedientos de sangre, irrumpen en la cabaña, hunde con extrema delicadeza su daga en el cuello de la esclava. Se levanta, toma de nuevo su espada y afirmando los pies en el suelo se dispone a morir junto al cuerpo agonizante de la mujer que acaba de descubrir que ama.


Sevilla, Junio de 2009

1 comentario:

mia dijo...

Lo cierto es que si bien en un principio me llegaron a confundir tus variaciones, ahora me encantan, es como si se pudiera permitir uno el lujo de optar por todas "las opciones"... como si el tiempo le hiciera un vaivén que le dejara...

Y uno mira al guerrero... y dependiendo de en que momento esté, decide que será esa la que al final de la cara.