De barbas y bigotes

Dejarse barba es una gran responsabilidad.

Al pirata no le puede faltar una buena perilla y un bigotón desaliñado. El escritor maldito no lo es del todo sin una pequeña mosca bajo el labio inferior. No hay seductor que se precie sin una espesa barba de tres días un poco descuidada. Los modernos del barrio lo son menos si sus patillas no son finas y largas hasta la barbilla. Un científico loco parece más cuerdo sin un gran bigote blanco y no hay bandolero andaluz sin unas enormes patillas de pata de hacha. La revolución nunca llega sin un poco de pelo mal repartido por las mejillas y ¿quién imaginaría un fascista sin un fino bigotito sobre el labio superior?

Napoleón nunca se dejó barba y llegó a Emperador, pero murió desterrado en la isla de Santa Elena porque alguien olvidó advertirle que un Imperio no perdura si te afeitas a diario. Yo, que afortunadamente tengo una buena barba, juego con ella y un día soy pirata, otro escritor y al siguiente, moderno sin perro ni flauta. Pero últimamente, desde que ando enredado con la vecina de abajo, he guardado la indumentaria de donjuán en el armario y ya no dejo que pasen tres días sin afeitarme. No sea que sin querer, me traicione mi querida barba.


Sevilla, Diciembre de 2012

No hay comentarios: