Cuarenta y cinco minutos

Acabas de terminar de planchar y vas a preparar la cena a tus hijos. Son las diez y cuarto y hemos quedado en charlar un rato por teléfono a las once. Te he prometido, un poco presuntuoso, que te enviaría poemas, y ahora tengo menos de cuarenta y cinco minutos para contarte por qué estoy cada día más atrapado por ti. 

No sé por qué alguna vez dije que escribir poesía era más fácil. Estoy delante de esta página en blanco y solo tengo ante mí las fotografías que me enviaste anteayer y el recuerdo de nuestra cita de esta tarde para tomar café y charlar un rato.

Podría hablar de tu sonrisa, que me desarma cada vez que aparece iluminando tu rostro o de tu camaleónica capacidad para convertirte en una gata salvaje, al menos por unas horas, y no solo en aquella fiesta de disfraces a la que no asistí porque aún no te conocía. 

Podría contarle al mundo lo divertida que eres, y cómo tu mirada penetra muy dentro de mí haciéndome sentir desnudo e inerme y a la vez poderoso y a salvo de todo lo malo. 

Podría hablar durante largo rato de tu rostro en blanco y negro, sin maquillar, en una playa cualquiera del sur. De tu mirada limpia, de la seguridad que emana de cada poro de tu piel, de la serenidad que transmite tu mirada ligeramente alegre y de tus pómulos, levemente marcados y a punto, tal vez, de comenzar a reír en una carcajada llena de vida y alegría. 

De tu imagen de pie en la calle, junto a un coche de lujo, no puedo dejar de admirar tu gesto y tu talle perfectos. Tan alta, tan delgada y tan garbosa. Si para alguien se creó esa palabra, no tengo duda que fue para ti. Me encanta como ríes apoyada en el Ferrari, que todos saben que no es tuyo, y tú juegas a bromear con que ni tu misma te lo crees. No importa, no hay Ferrari mejor diseñado que tus pechos y tu vientre. Y yo, que he tenido la fortuna de poder verlos, me rio cada noche de los ingenieros de la factoría de Maranello. 

Y qué decir de esa fotografía montada en la bici, cerca del rio, si fue esa imagen la que me hizo caer en tus redes de las que no quiero ser rescatado. Prefiero morir asfixiado entre tus brazos que libre de tus cadenas entre las aguas de los mares del sur. Podría vivir sin ti, pero lejos de tu vientre me marchitaría un poco cada día. 

De la última imagen me fascina tu perfil señorial, patricio de nobleza antigua. De una belleza clásica, de señora de los pies a la cabeza. Tu mirada perdida en el vacío, pensativa y tu gesto atrapado sin que fueras consciente de ello revelan más de ti de lo que nunca quisiste mostrar. Tu semblante serio, la mejilla apoyada en la mano, donde luce ese pequeño y elegante anillo de jade que tengo tan asociado a ti, me habla de tu sencillez y tu discreción Dr. Me gustan tus hombros, anchos y fuertes casi como los de un hombre, que resaltan la estrechez de tu cintura. Quien no ha visto tu espalda desnuda, no sabe aun lo que es la belleza. 

Corre el reloj y me señala que quedan apenas diez minutos. Finalmente no ha sido poesía, pero cada palabra que he escrito está invadida por tu cercana presencia, impregnada de tu perfume y acompañada por esa música de los ochenta que tanto nos gusta a los dos. 

Y aunque descubro demasiado tarde que es imposible contar en cuarenta y cinco minutos todos los motivos, todas las razones por las que cada día me siento más atrapado por ti, no pienses, amor, que no lo he intentado.


Sevilla, Junio de 2017

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