domingo, septiembre 02, 2012

Cien gramos

Ocurrió a finales de primavera, cuando después de haber roto pasamos la tarde y la noche juntos. Para ser exactos, sucedió a la mañana siguiente, cuando nos despertamos. Recuerdo que hacer de nuevo el amor contigo fue espectacular. Probablemente esté equivocado, pero aún lo recuerdo como la mejor de todas las veces que habíamos estado juntos.

Ahora estarías casi de siete meses, con tu barriga grande y esa belleza tan especial que solo tienen las embarazadas. El, o a lo mejor ella, ya estaría dando patadas, como anunciando sus prisas por salir al mundo, a conocerte, a conocerme, a conocerlo todo.

Me imagino pasando contigo las tardes, tocando tu vientre, viendo como cada día crecía un poco más. Dando esos paseos que todos los médicos recomiendan y acompañándote a los ejercicios de preparación para el parto. Supongo que no habríamos podido ir a aquel viaje a Extremadura,  a finales de Agosto, o quizás si, aunque los barrancos habrían tenido que esperar aún unos meses. Y tus fotos de aquellos días habrían sido completamente diferentes.

Te imagino hermosa y radiante y feliz. Yo también lo estaría, disfrutando con este embarazo, lo que no supe disfrutar años atrás. No se si estaríamos juntos aún. No se si las cosas habrían sido diferentes si hubieras decidido seguir adelante. No lo se. Pero si se que yo no habría dejado de estar a tu lado en ningún  caso. Y se que habría procurado que no dejases de hacer nada de lo que te gustaba.

Se que habría compartido contigo los desvelos nocturnos, los llantos, los biberones o el pecho a deshora. Estoy seguro de que habría sido  mejor padre y mejor pareja de lo que fui en su momento.

De lo único que me arrepiento es de no haber sido más enérgico, más insistente cuando me dijiste que ya habías decidido no tenerlo. Pero no tenía otra opción que respetar tu decisión, y se también que en aquel momento no podía ponerte entre la espada y la pared. Solo podía apoyarte aún a mi pesar.

A veces lo imagino rubio y alto como tu. Habría pesado casi cuatro kilos y quizás tendría mis ojos, aunque si hubiese tenido los tuyos me habría encantado. Y habría sido un niño querido, deseado y amado. Porque todo lo tuyo lo habría querido siempre, como un tiempo te quise a ti.


Sevilla, Septiembre de 2012

miércoles, julio 25, 2012

De cenefas y batiks

Para Carmen, a la que quise mucho.

La cenefa del recibidor aguarda, nerviosa, tu arribo; los cuadros del pasillo amanecen todas las mañanas torcidos, la agitación de la espera no les deja parar en toda la noche. El pájaro del batik del salón no hace más que revolotear en su jaula de madera y cristal, impaciente por tu llegada. La casa entera es un revuelo de sonidos, murmullos y trajines. Todos estamos ansiosos, preparándolo todo como el novio prepara la casa y el banquete antes de la boda y cuidando cada detalle, quitando esa arruga en la colcha del dormitorio, limpiando aquella manchita que casi no se ve en el sofá.

Y así pasan las horas y los días, las tardes y las noches y así, como un hombre que nunca ha conocido mujer, te aguardo para ser tuyo. Para que tu, por fin, seas mía.


Sevilla, Julio de 2012

domingo, diciembre 04, 2011

Una y otra vez, tú

Para Maria A.


Sentado delante de esta página en blanco, pasan las horas y no se me ocurre nada. Perdida la inspiración mientras la penumbra envuelve la habitación y apenas distingo los objetos que hay en mi escritorio, recuerdo amores perdidos, citas a ciegas y paseos en bici. Exprimo mi cabeza buscando algo nuevo sobre lo que escribir y solo te apareces tú. Tú, una y otra vez. Desnuda en mi cama aquellas mañanas de febrero, que no consigo olvidar. Tú, una y otra vez, andando por el pasillo de casa, solo vestida con unas botas negras. Tú, una y otra vez, con aquel descaro que me entusiasmaba, la crudeza con que hablabas de sexo y ese carácter tan fuerte que se me hacía tantas veces difícil de manejar. Tú, con quien escribí versos e historias extraordinarias. Tú, que aun me haces soñar con la quimera de volver a tenerte entre mis brazos. Tú, siempre tú, en todas partes tú, en cada nueva mujer, irremediablemente, tú.


Sevilla, Diciembre de 2011

Ajuste de cuentas

Que sólo quería acostarme contigo y que todo lo demás -cómo tantas veces me reprochaste- me sobraba, puede que fuera cierto. Pero más verdad fue que tu inconcebible falta de respeto por todo lo que me gustaba, por todo lo que quería, por todo lo que amaba, abrió una brecha tan grande entre los dos que ya ni el sexo, que contigo había sido como con ninguna, podía cerrarla. Y es por eso y no por otro motivo que aquella tarde, la última que hablamos, decidí de vuelta a casa, no verte ni hablarte más. Y aunque aún muchas noches te echo de menos en mi cama, en mis días ya no queda ni un solo pensamiento para ti.


Sevilla, Diciembre de 2011

lunes, noviembre 14, 2011

Bohemia

Aquella mañana paseaba, como muchos otros sábados, por la Alameda de Hércules curioseando entre los puestos que los artesanos montan todos los fines de semana y donde fabrican y venden desde pañuelos a pequeñas joyas de plata labrada. Ella era muy bella, morena, delgada y alta y vendía collares y pendientes que fabricaba allí mismo, delante de los que deambulábamos entre los puestos. Sé que hablé con ella a duras penas, porque entendia muy poco el castellano y terminamos charlando con dificultad en una mezcla de alemán e italiano. Me dijo, entre otras cosas que ya no recuerdo, que le encantaba el chocolate negro y me permitió  fotografiarla detrás de su puesto de bisutería. Yo me enamore de ella al instante pero no tuve valor para continuar la conversación y me despedí apresuradamente de ella. Me sonrió fugazmente mirándome a los ojos y continuo trabajando en sus pendientes mientras yo me alejaba, maldiciendo, como tantas otras veces, mi falta de arrojo.



Si algo me gustó de ti, fue que amases el chocolate negro y que hablases en un alemán que yo ya casi había olvidado y que necesitara responderte en mi pobre italiano para desvelar un punto tus misterios. 

Tan atractiva estabas en aquella fotografía detrás de tu puesto de collares de cuentas y alambres retorcidos, que un sábado y otro y otro y otro paseé largo por la Alameda hasta dudar si el tuyo, que nunca volví a encontrar, sería real o sólo un desvarío de mi mente confusa que construyó un recuerdo donde sólo hubo una imagen soñada. 

Te busqué durante meses hasta que tu memoria se fue tornando borrosa, mientras la primavera pasaba lenta y el estío iba desarbolando y distrayendo y diluyendo mis ganas de reencontrarte. Pero he aquí que llegado el otoño, reviso mis fotos y me tropiezo contigo y lo invades todo y se avivan de nuevo aquellas ganas de salir a buscarte el sábado, el viernes, el jueves y si no hallarte, al menos pensar que de cierto, no dejé de intentarlo.


Sevilla, Noviembre de 2011

miércoles, julio 13, 2011

La oficina

Tus gemidos se confunden con los míos mientras, a nuestro alrededor, el resto de la oficina sigue trabajando como si nada. Un momento después, me separo de ti, te recompones el vestido y te sientas a tu mesa,  mientras yo me despido con un leve beso en tus labios y te dejo allí, entre instancias y papeles varios.


Sevilla, Junio de 2011

miércoles, marzo 02, 2011

El arcón cubano

Lo único insoportable para el ser racional es lo irracional, pero lo razonable se puede soportar. Sencillamente, si nos fijamos, hallaremos que nada abruma tanto al ser racional como lo irracional y, a la vez, nada lo atrae tanto como lo razonable. Más, cada uno experimenta de modo distinto lo razonable y lo irracional, igual que lo bueno y lo malo y que lo conveniente y lo inconveniente. Ésa es la razón principal de que necesitemos la educación, que aprendamos a adaptar de modo acorde con la naturaleza el concepto de razonable e irracional a los casos particulares. Para juzgar lo razonable y lo irracional cada uno de nosotros nos servimos no sólo del valor de las cosas externas, sino también de nuestra propia dignidad personal.

Epícteto de Frigia
Disertaciones



Conocí a María una tarde de mediados de Febrero, en un taller de restauración de muebles antiguos. 

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Cuando murió mi abuela, recibí en herencia un viejo arcón de madera tallada, que desde entonces he colocado a los pies de mi cama. El arcón era una pieza realmente antigua, traída de Cuba por mi bisabuelo Domingo, que había emigrado siendo muy joven a la isla, como tantos otros canarios de su época.


Recuerdo, siendo muy niño, las veladas veraniegas en la galería de su casa, cuando mis hermanos y yo nos reuníamos alrededor de Papá Domingo -así le llamábamos todos- que sentado en su mecedora, con su eterno cigarro en la boca, comenzaba a contarnos, con su acento mitad canario y mitad cubano, sus aventuras en aquella lejana isla del Caribe. Palmerales infinitos, playas de arena blanca, viejos coches americanos, clubes de Jazz que no cerraban en toda la noche, mulatas exuberantes, policías corruptos, gentes de todo el mundo que arribaban al puerto de La Habana buscando una nueva vida o huir de la anterior, el calor húmedo o el batir de las olas en el Malecón.

Toda mi infancia está llena de imágenes donde se mezclan realidad y fantasía hasta confundir las historias de mi bisabuelo con mis propios recuerdos de los veranos en el norte de Tenerife.

El arcón de Papá Domingo tenía algo de mágico, mezcla de cuerno de la abundancia y caja de Pandora. Durante aquellas largas tardes de verano, mi bisabuelo solía hurgar en él para enseñarnos todo tipo de objetos con los que ilustrar sus historias: viejas fotografías desvaídas, recortes de periódico anunciando la llegada a puerto de transportes de mercancías y barcos de pasajeros, diversas herramientas de madera y metal, un pequeño diario de viaje, ropas de trabajo raídas por el tiempo, un sombrero de paja desfondado, un viejo violín al que le faltaban la mitad de las cuerdas y que él tocaba a la manera de Cuba, colocándolo entre las piernas, diversos cachivaches y adornos de latón y una pequeña colección de libros de aventuras, entre los que se encontraban La Isla del Tesoro y Las Minas del Rey Salomón.

Yo, que era el mayor de mis hermanos, tenía, al contrario que ellos, el privilegio de poder curiosear el contenido del viejo arcón. Después de comer, mientras los demás dormían la siesta, Papá Domingo me tomaba de la mano y me llevaba a la galería. Y mientras encendía su cigarro y grises volutas de humo lo rodeaban muy despacio, me alargaba la llave del arcón para que lo abriese y hurgase en su interior.


Creo que mis primeras lecturas fueron los libros de aventuras de mi abuelo y aquellos viejos periódicos cubanos, con sucesos y noticias que me hacían viajar muy, muy lejos. Papá Domingo me contaba que había comprado el arcón recién llegado a Cuba, en una pequeña y angosta tienda de la calle Empedrado, en la Habana Vieja. El arcón procedía, según le contó el dueño del comercio, de Filipinas, y probablemente era cierto, ya que las tallas en la madera representaban escenas cotidianas de la vida en una aldea, y los rasgos de los indígenas, así como los animales y plantas, eran, sin género de dudas, de origen asiático.


Desde que recibí el arcón, siempre ha permanecido a mi lado. En cada mudanza, en cada estancia en el extranjero, en cada travesía en barco, el viejo baúl ha viajado conmigo. Tanto viaje, sin embargo, había ido deteriorándolo, y a pesar del cuidado con que siempre lo había tratado, las viejas maderas estaban llenas de arañazos, el barniz había perdido casi todo su brillo, algunos de los entallados estaban francamente averiados y la tapa estaba un poco  desencajada, posiblemente debido a que los herrajes y bisagras se estaban soltando de sus uniones a la madera.


Había oído hablar de un taller especializado en la restauración de muebles antiguos, en un pueblo cercano a Sevilla. María, la dueña, lo había abierto hacía pocos años, pero en muy poco tiempo se había hecho muy conocido debido, según se comentaba, al esmero y cuidado con que se trataban y reparaban todos los muebles que allí iban a parar.

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Llegué al taller de María a las seis de la tarde. Habíamos concertado la cita el día anterior, y ya por teléfono, me agradó su tono de voz, pausado y tranquilo, y la avalancha de preguntas que me hizo sobre el viejo mueble. Tuve que describírselo con todo lujo de detalles, desde las dimensiones hasta las tallas en los laterales, el frontal y la tapa, el número de bisagras y herrajes, el tipo de cerradura, el color de la madera, su posible antigüedad e incluso se interesó por la historia del arcón.


María era una mujer joven, de mediana estatura, morena, delgada y muy atractiva. Me recibió en la puerta del taller, en vaqueros y camiseta y con las manos protegidas por unos guantes de trabajo. El taller olía a madera, barnices y cola de carpintero. En las paredes había anaqueles llenos de diversas telas y cintas de tapicero, colocadas por colores, y en paneles verticales y perfectamente ordenadas, infinidad de herramientas de nombre y uso desconocido para un profano. En una esquina, al fondo, estaba el armario donde se guardaban los barnices, disolventes y pinturas, y cerca de la entrada, un pequeño buró, de estilo isabelino, donde se apilaban diversos cuadernos llenos de detalles y bocetos de muebles, tallados y reparaciones.


El centro del taller lo ocupaba un enorme banco de trabajo, donde se encontraba una silla Luis XVI en pleno proceso de reparación y tapizado. En el banco se acumulaban reglas de metal, lápices, algunas herramientas, trapos, botes de barniz y disolventes y algunos pinceles. Diversos muebles pendientes de reparar descansaban contra una pared lateral, colocados en perfecto orden, como soldados pendientes de revista, y todo el espacio estaba iluminado por una enorme claraboya en el techo, cuya luz, aquel atardecer, le daba un aspecto de taller antiguo, cómo esos que se ven en algunos grabados de Gustavo Doré.


En cuanto vio el viejo arcón, María quedó prendada de él. Dedicó casi una hora a examinarlo y comprobar el estado de la madera y los cierres, tomar diversas fotos y realizar algunos bocetos de detalle de las tallas. Durante todo ese tiempo apenas habló conmigo, salvo un par de preguntas sobre los lugares donde había viajado el arcón y el uso que se le había dado. Pasaba las yemas de los dedos por las volutas de la madera con extrema delicadeza y examinaba con mirada experta el estado, francamente lamentable, de algunas de las escenas talladas en la madera.


No he visto nunca antes a nadie tan entregado a su trabajo. En aquel momento parecía que el mundo se hubiera detenido. Apenas llegaban ruidos del exterior, y en aquel silencio, sólo interrumpido por el clic de la cámara  de fotos y el raspar del lápiz sobre el cuaderno de dibujo, mientras el taller entraba en penumbra a medida que iba oscureciendo, llegué a sentir una sensación de irrealidad muy parecida a la que tenía de niño cuando leía, junto a mi bisabuelo, las historias de sus libros de aventuras.


No recuerdo cómo, pero de pronto me encontré contándole a María la historia del viejo arcón. Le hablé de mi bisabuelo, de mis recuerdos de infancia, de mis viajes.  Hablaba y hablaba sin parar, rápido, como si tantos recuerdos lucharan unos con otros por salir lo antes posible al exterior. Estuve hablando mucho tiempo, hasta que la oscuridad invadió por completo el taller. Cuando me detuve, fue como si volviera de un sueño. 


María había dejado la cámara y el cuaderno sobre la mesa y estaba sentada en silencio a mi lado. Sin decir palabra, tomó mi mano entre las suyas y mirándome, acercó sus labios a los mios y nos fundimos en un beso del que sólo fueron testigos mis recuerdos y el viejo baúl que parecía, con la tapa desencajada, sonreír, como lo hacía mi bisabuelo cuando terminaba de contarnos una de sus aventuras.

Sevilla, Marzo de 2011