lunes, abril 29, 2019

La dama y el castillo

Para Mónica
No te engañes,
no escupas fuego
hablando de nosotros
y déjame decirte de una puta vez
todo lo que podíamos haber sido
y no somos.


No te engañes, mi vida,
no me eches de menos
si sabes que estoy a tu lado,
que yo siempre estoy aquí
aunque no me veas,


que yo siempre estoy aquí
aunque siempre me esté yendo,
que yo siempre estoy aquí
porque siempre acabo quedándome
y agradezco que existas.


Agradezco que existas
aunque a veces duela,
agradezco que existas
Porque el amor no quema
no mata
y yo quiero morirme contigo.

Diego Ojeda
Mi chica revolucionaria


Tan solamente creo en la belleza de tu cuerpo
que se marchita al ritmo de la caja del reloj.
No empuñaré más rifle que mi sexo tan pequeño,
Para traerte de nuevo a mi lado.

Cuando veo tus ojos son mi 68.

Lo demás ya no existe, tú lo haces mentira.
Son demasiado hermosos
para ser de derechas.Con hacer roja la cama
creo que será suficiente.

Así serán nuestros sueños
tan rojos que un día
Seremos valientes.
La sábana en la ventana
para que todos la vean
y nuestra cama tan roja,
la cama tan roja,
El ocaso sobre la marea.

Juan Antonio Canta
Cama roja



A veces pienso en un castillo al pie de una playa. Está en ruinas y semi enterrado por la arena. En su interior crece la maleza. A primera vista parece deshabitado, pero si se mira con atención, se descubre a una mujer en la última ventana de la torre más alta que mira al mar ensimismada. La mujer es alta, delgada y muy hermosa, tiene la nariz recta y grande y la mirada oculta tras unas gafas de sol como las que llevaban las grandes actrices italianas de los años cincuenta. Con la vista perdida en el horizonte, no puede dejar de pensar en las palabras escritas en un viejo trozo de pergamino que guarda en un bolsillo de su vestido. Un misterioso mensaje que ha encontrado esta mañana dentro de una botella que las olas del mar han arrastrado hasta la orilla y que comienza así: "A veces pienso en un castillo al pie de una playa...".



Sevilla, Abril de 2019

sábado, marzo 09, 2019

Carmen, entre hilos y costuras

La Reina: ¿Qué puedo ordenarte, si es tan tarde? 
El servidor: Hazme jardinero de tu jardín
La Reina: ¿Y en qué consistirá tu servicio?  
El servidor: En llenar tus ocios. Conservaré fresca la hierba del sendero por donde vas cada mañana y donde, a cada paso tuyo, las flores deseosas de morir bendicen el pie que las pisa. Te meceré entre las ramas del septaparna mientras la luna, apenas levantada en la noche, intentará besar tu vestido a través de las hojas. Llenaré con aceite perfumado la lámpara que arde junto a tu lecho y adornaré tu escabel con maravillosas pinturas de azafrán y sándalo.
La Reina: ¿Y cuál será tu recompensa?
El servidor: Que me des permiso para tener entre mis manos tus pequeños puños, que parecen capullos de loto, y para rodear tus brazos con cadenas de flores; que pueda teñir las plantas de tus pies con el zumo encarnado de los pétalos de ashoka, y recoger, con un beso, la mota de polvo que pueda posarse en ellos.
La Reina: Tus ruegos han sido escuchados. Serás el jardinero de mi jardín.


Rabindranath Tagore
El Jardinero - Poema 1



Conocí a Carmen una tarde de finales de Febrero, en un taller de costura y sastrería, en un pueblo de la comarca de Los Alcores, muy cerca de Sevilla. 

--- o --- 

Cuando murió mi abuela, recibí en herencia, entre otras cosas, un viejo arcón de madera tallada, que desde entonces he colocado a los pies de mi cama. El arcón era una pieza realmente antigua, traída de Cuba por mi bisabuelo Domingo, que había emigrado siendo muy joven a la isla, como tantos otros canarios de su época. 

Recuerdo, siendo muy niño, las veladas veraniegas en la galería de su casa, cuando mis hermanos y yo nos reuníamos alrededor de Papá Domingo, que sentado en su mecedora, con su eterno cigarro en la boca, comenzaba a contarnos, con su acento mitad canario y mitad cubano, sus aventuras en aquella lejana isla del Caribe. Palmerales infinitos, playas de arena blanca, viejos coches americanos, clubes de Jazz que no cerraban en toda la noche, mulatas exuberantes, policías corruptos, gentes de todo el mundo que arribaban al puerto de La Habana buscando una nueva vida o huyendo de la anterior, el calor húmedo o el batir de las olas en el Malecón.

Toda mi infancia está llena de imágenes donde se mezclan realidad y fantasía hasta confundir las historias de mi bisabuelo con mis propios recuerdos de los veranos en Tenerife. 

El arcón de Papá Domingo tenía algo de mágico, mezcla de cuerno de la abundancia y caja de Pandora. Durante aquellas largas tardes de verano, mi bisabuelo solía hurgar en él para enseñarnos todo tipo de objetos con los que ilustrar sus historias: viejas fotografías desvaídas, recortes de periódico anunciando la llegada a puerto de transportes de mercancías y barcos de pasajeros, diversas herramientas de madera y metal, un pequeño diario de viaje, ropas de trabajo raídas por el tiempo, un sombrero de paja desfondado, un viejo violín al que le faltaban la mitad de las cuerdas y que él tocaba a la manera de Cuba, colocándolo entre las piernas, diversos cachivaches y adornos de latón, una pequeña colección de libros de aventuras, entre los que se encontraban La Isla del Tesoro y Las Minas del Rey Salomón y la pieza más preciada de todas, un elegantísimo traje de tres piezas que junto con una camisa y una corbata, compró con sus primeros ahorros para contraer matrimonio con su novia de siempre, mi bisabuela, que esperaba su vuelta, impaciente, en nuestro pueblo del norte de Tenerife.

Yo, que era el mayor de mis hermanos, tenía, al contrario que ellos, el privilegio de poder curiosear el contenido del viejo arcón. Después de comer, mientras los demás dormían la siesta, Papá Domingo me tomaba de la mano y me llevaba a la galería. Y mientras encendía su cigarro y grises volutas de humo lo rodeaban muy despacio, me alargaba la llave del arcón para que lo abriese y hurgase en su interior. 

Creo que mis primeras lecturas fueron los libros de aventuras de mi bisabuelo y aquellos viejos periódicos cubanos, con sucesos y noticias que me hacían viajar muy, muy lejos. Papá Domingo me contaba que había comprado el arcón recién llegado a Cuba, en una pequeña y angosta tienda de la calle Empedrado, en la Habana Vieja. El arcón procedía, según le contó el dueño del comercio, de Filipinas, y probablemente era cierto, ya que las tallas en la madera representaban escenas cotidianas de la vida en una aldea, y los rasgos de los indígenas, así como los animales y plantas, eran, sin género de dudas, de origen asiático. 

El día que recibí el arcón, pasé varias horas revisando su contenido, como hacía cuando era niño. Los libros de aventuras y el diario de viaje recibieron un lugar de honor en la librería de mi estudio. El viejo violín, reparado, descansa en una bonita caja de madera lacada que descubrí, poco después, en la tienda de un anticuario cordobés, en la Plaza de la Corredera. Los periódicos y revistas, junto a las fotografías, fueron cuidadosamente archivados junto a otros documentos familiares y finalmente el traje, junto a la camisa y la corbata, convenientemente protegidos por una funda de tela oscura, fueron a parar a un armario de mi trastero, donde a partir de entonces convivirían junto al vestido de primera comunión de mi hija, el esmoquin que estrené en mi propia boda y otros recuerdos de familia. Y muy pronto casi olvidé que aquellas ropas de mi bisabuelo permanecían colgadas en ese recóndito armario, en los sótanos de mi casa. 

Unos meses más tarde recibí la invitación a la segunda y seguramente  definitiva boda de mi querido amigo Paco Solís. Paco ha sido siempre un tipo sobrio y clásico y había planeado una ceremonia íntima para un reducido grupo de amigos. Por supuesto, el traje era obligado y mientras tenía en las manos el tarjetón de boda recordé que el de mi bisabuelo siempre me había parecido muy elegante. Ahora que se llevaba de nuevo la ropa con un toque "vintage" quizás era el momento de darle un nuevo uso a aquel traje que ya iba llegando al siglo de antigüedad.

Bajé corriendo al sótano, muy ilusionado por la idea de vestir aquella pieza de museo, y momentos después, en mi dormitorio, mi alegría se transformó en tristeza al comprobar que el traje no había resistido tan bien como yo pensaba los estragos del tiempo y los viajes.

La prenda necesitaba una reparación urgente. Aparte de pequeños desperfectos como la falta de algún botón y el forro un poco descosido en algunas zonas, la polilla había hecho de las suyas y un enorme agujero en la espalda de la chaqueta dejaba a la vista su interior. Una manga estaba casi desprendida y los bajos del pantalón presentaban un desgaste por el uso bastante acusado. El chaleco no había sufrido mejor suerte. Faltaba la hebilla para ajustarlo con las tirillas de la espalda, y tenía roces y deshilachados por todo el contorno.

 La camisa blanca había sufrido también los estragos de la polilla, el cuello y los puños habían amarilleado y varios botones se habían perdido. La única prenda que milagrosamente estaba intacta era la corbata de seda. Aunque tenía algunas marcas de dobleces, parecía que con un cuidadoso planchado, podría quedar utilizable de nuevo.

Había oído hablar de un taller de costura y sastrería especializado, entre otras cosas, en el arreglo de prendas delicadas, en un pueblo cercano a Sevilla. Carmen, la dueña, había trabajado con varios modistos de renombre en Sevilla y era un rumor a voces que detrás de algunos de los mejores diseños salidos de esos talleres, no solo estaba la habilísima mano de Carmen, sino también su increíble buen gusto e ideas innovadoras. Algunos diseñadores de la capital la habían tentado ofreciéndole lo que pidiera por mudarse a trabajar con ellos en Madrid, pero Carmen, que se sentía muy unida a su tierra los desdeñó a todos. Y un buen día, decidió abrir su propio taller, que en muy breve tiempo se convirtió en uno de los más solicitados de la provincia, por la frescura de sus diseños y por el esmero y cuidado conque se trataba tanto a los clientes que pasaban por allí como a cualquier prenda que necesitase una reparación urgente.

 Llegué al taller de Carmen a las siete de la tarde. Habíamos concertado la cita el día anterior, y ya por teléfono, me agradó su tono de voz, pausado y tranquilo, y la avalancha de preguntas que me hizo sobre el viejo traje. Tuve que describírselo con todo lujo de detalles, desde los botones a las solapas, el color, las telas empleadas, los forros, su posible antigüedad e incluso se emocionó cuando le dije que la etiqueta señalaba que el traje había sido confeccionado en Cuba en el taller de Lopez Aguirre, uno de los más famosos sastres de la Habana.

 Carmen era una mujer joven y guapa,  alta y delgada, de cabello castaño claro casi rubio, unos ojos color miel increíblemente bellos y una sonrisa muy atractiva. Me recibió en la puerta del taller. Llevaba el pelo corto, suelto y un poco ondulado y vestía un pantalón de cuero negro y una camisa burdeos que realzaban aún más su belleza y elegancia. El taller estaba repleto de anaqueles llenos de diversas telas, ordenadas por tipos y colores, y en paneles verticales y perfectamente ordenados, infinidad de útiles de costura y confección de nombres y usos desconocidos para un profano. En una esquina, al fondo, estaba el armario donde se guardaban en diversos cajones, alfileres, jaboncillos de sastre, cintas, hilos, botones y encajes. Y cerca de la entrada, un pequeño buró, de estilo isabelino, donde junto a lápices de colores se apilaban diversos cuadernos llenos de detalles y bocetos de vestidos, a cual más espectacular.

 El centro del taller lo ocupaba un enorme banco de trabajo donde se acumulaban patrones, lápices, tijeras y telas en proceso de convertirse en el sueño de una próxima novia o la emoción de la primera puesta de largo de cualquier niña de buena familia. Diversos maniquíes descansaban contra una pared lateral, colocados en perfecto orden, como soldados pendientes de revista, y todo el espacio estaba iluminado por una enorme claraboya en el techo, cuya luz, aquel atardecer, le daba un aspecto de taller antiguo, cómo ésos que se ven en algunos grabados de Gustavo Doré.

 En cuanto vio el traje, Carmen quedó prendada de él. Dedicó un largo rato a examinarlo y comprobar el estado de las costuras y los forros, tomar diversas fotografías y realizar algunos bocetos de detalle de las solapas, puños y botonaduras. Durante todo ese tiempo apenas habló conmigo, salvo un par de preguntas sobre el origen del traje y el uso que se le había dado. Pasaba las yemas de los dedos por las costuras con extrema delicadeza y examinaba con mirada experta el estado, francamente lamentable de todo el conjunto.

 No he visto nunca antes a nadie tan entregado a su trabajo. En aquel momento parecía que el mundo se hubiera detenido. Apenas llegaban ruidos del exterior, y en aquel silencio, sólo interrumpido por el clic de la cámara de fotos y el raspar del lápiz sobre el cuaderno de dibujo, mientras el taller entraba en penumbra a medida que iba oscureciendo, llegué a sentir una sensación de irrealidad muy parecida a la que tenía de niño cuando leía, junto a mi bisabuelo, las historias de sus libros de aventuras.

 No recuerdo cómo, pero de pronto me encontré contándole a Carmen la historia del viejo traje. Le hablé de mi bisabuelo, de mis recuerdos de infancia, de Cuba y de mis viajes. Hablaba y hablaba sin parar, rápido, como si tantos recuerdos lucharan unos con otros por salir lo antes posible al exterior. Estuve hablando mucho tiempo, hasta que la oscuridad invadió por completo el taller. 

Cuando me detuve, fue como si volviera de un sueño. Casi me faltaba la respiración, y me di cuenta de que Carmen se había sentado a mi lado y tenía mi mano entre las suyas. Nos miramos a los ojos y sin decir palabra, nos fundimos en un apasionado beso del que sólo fueron testigos mis recuerdos y el viejo traje que colocado sobre un maniquí, me recordó de pronto a mi bisabuelo, cuando derecho como el palo mayor de un barco de emigrantes canarios, nos sonreía al terminar de contarnos una de sus aventuras.


Sevilla, Marzo de 2019

miércoles, febrero 27, 2019

Atrapado

No creas que te miento
si digo la verdad.
No le pongas candados
a tu soledad.
Ya sé que vivo lejos
y que hablo de más.
Pero eso se corrige
si me abrazas ya.
Y no entiendo como otros
no supieron valorar
toda la poesía
que hay en tu andar.
Cómo te digo
Que desde el día en que te vi yo tengo escrito un para siempre de mi boca hasta tu ombligo.
De tu pelo hasta mi piel, no te perderé.

Cómo te digo
Diego Ojeda

Carmen es guapa y alta y cuando se pone tacones, casi me supera en altura. Carmen tiene la boca grande y los ojos bonitos, de un color entre azul y miel que te hechiza desde el primer momento que los miras. Carmen dice que es tímida y seguramente sea verdad, porque cuando nos conocimos, un leve temblor en su voz traicionaba sus intentos de hablar con desparpajo. A Carmen le dan un poco de verguenza sus manos grandes, unas manos mágicas que convierten cualquier idea en el más hermoso de los vestidos. Carmen es divertida y siempre está a punto de soltar una carcajada. Carmen baila por la vida como si cada día fuera el último que va a vivir, intenso y fugaz como el batir de las alas de una bella mariposa.  Carmen me atrapó enseguida y yo rezo todos los días para que no me quiera soltar.


Sevilla,  Febrero de 2019

jueves, noviembre 02, 2017

Raros fines de semana a tu lado

Llevamos todo el fin de semana juntos, comprando ropa, riendo, viendo películas en la televisión y hasta hemos dormido castamente en la misma cama.

Te estoy conociendo ahora como deberíamos habernos conocido antes de terminar. Más cómodo de lo que nunca he estado a tu lado y sin embargo, echando de menos poder besarte y ver tu cuerpo desnudo.

¿Amigos? no se si aún conozco esa palabra contigo. Mi cabeza me dice que me aleje de ti, que no puede ser una relación como la que tenemos ahora, sin poder saborearte cada vez que lo desee. Mi corazón esta completamente descolocado. Me gustas, te quiero, me quiero ir y me quiero quedar a la vez.

Hay momentos en los que pienso que volveremos a ser pareja y más en que lo veo imposible. Cada día que pasa, cada día que hay más intimidad entre nosotros me pareces mas difícil de alcanzar.

No me quejo, sin embargo, porque es bonito y porque estoy más tiempo feliz y acompañado que triste y solo. Ya no te echo de menos porque siempre estás, pero siempre tengo miedo al instante en que decidirás conocer a alguien que te de lo que no encuentras en mí para que seamos uno, tu y yo.

Y mientras escribo estas lineas que nunca vas a leer, te miro durmiendo en mi cama, tranquila y guapa como nunca te he visto,  sin saber que va a pasar, ni lo que haremos tu y yo a partir de mañana.


Sevilla, Noviembre de 2017


jueves, junio 01, 2017

Quizás es solo deseo


Para Mónica,
a la que probablemente 
quiera.


 -¿Y hasta cuando cree usted que podemos seguir en 
este ir y venir del carajo?-le preguntó el capitán.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada 
desde hacía cincuenta y tres años, 
siete meses y once días con sus noches.
-Toda la vida -dijo.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera



Déjame decirte que te quiero
aunque no sea verdad.
Si te quisiera,
seria capaz de morir por tí,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es solo deseo.

Déjame decirte que te quiero,
aunque todavía no sea verdad.
Si te quisiera,
lo dejaría todo por tí,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es solo deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque hoy no sea verdad.
Si te quisiera,
mataría un dragón para tí,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es solo deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque después no sea verdad.
Si te quisiera,
te escribiría los versos más profundos,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es solo deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque luego no sea verdad.
Si te quisiera,
pintaría líneas en tu espalda con mis dedos
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es solo deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque no sea del todo cierto.
Quizás, amor, quizás,
es solo deseo.

Sevilla, Junio de 2017

viernes, mayo 19, 2017

(Breve) manual de montañero

-Piensas demasiado -dijo Montag, incómodo-.
-Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de
atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlo a mis
absurdos pensamientos.

Ray Bradbury
Farenheit 451


Las únicas montañas que quiero escalar
se encuentran bajo tu blusa de seda hindú,

Los únicos lugares que quiero explorar
se ocultan bajo tus vaqueros desteñidos.

Podría vivir sin nada más
entre tu vientre y tu ombligo,

Podría morir sin echar la vista atras
un instante después de entrar en ti.


Sevilla, Mayo de 2017

sábado, abril 29, 2017

Mónica, cúrcuma y canela


Para Mónica.
Cocinera de hechizos 
e historias de amor


Conocí a Mónica una tarde de finales de abril, en las cocinas de un recién abierto restaurante hindú, que se había convertido en muy poco tiempo en lugar de peregrinación de la progresía sevillana, siempre ávida de cualquier novedad en el rancio ambiente culinario de nuestra ciudad.

Mónica era alta, delgada, de amplia sonrisa, nariz recta casi grande y ojos bonitos siempre ocultos tras unas misteriosas gafas de sol cómo las que llevaban las grandes actrices italianas de finales de los años cincuenta. 

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La madre de Mónica, Teresa, se había enamorado perdidamente de Federico, un oficial marino mercante que había conocido durante el crucero que sus padres le habían regalado por su mayoría de edad. La joven sevillana, de una conocida y adinerada familia de la alta sociedad local había caído irremediablemente enamorada de aquel apuesto y recio marino, vividor y aventurero, que le contaba sus viajes por el Lejano Oriente mientras le señalaba, en el cielo del atardecer, las estrellas con que se guían los navegantes para no perderse en la inmensidad de la noche oceánica.

Federico, para quien Teresa fue al principio una conquista más con la que puso en juego todas sus habilidades seductoras, terminó, mucho antes de que el crucero llegara de vuelta al puerto de Sevilla, locamente enamorado de la bella joven y dispuesto a hacerla su mujer sin importar el precio que tuviera que pagar por ello.

La historia de amor entre la rica heredera y el curtido marino cayó como una bomba en la familia de Teresa y en toda la alta sociedad sevillana, que se escandalizó tanto como correspondía a la mas pacata y tradicional burguesía de la, posiblemente, más pacata y tradicional de las capitales españolas.

De nada sirvieron amenazas, gritos, discusiones, separaciones temporales ni la efectiva pérdida de la herencia. Teresa y Federico se casaron una mañana de primavera en una pequeña capilla de la ciudad con apenas una decena de amigos como testigos de su historia de amor.

De los seis hijos que tuvo la pareja, Mónica fue la tercera de las chicas y desde que nació, don Federico solo tuvo ojos para ella. Quería a todos sus hijos, sin duda, pero Mónica fue siempre su pequeña y traviesa princesa.

De sus largos viajes por Oriente, que lo ausentaban casi medio año de su pequeño y atestado hogar en uno de los nuevos barrios de la ciudad, don Federico siempre volvía cargado de regalos. Juguetes de madera lacada de la lejana China, pañuelos de seda de Mysore, perlas robadas al mar por los buceadores a pulmón de Borneo, cortaplumas decorados con marfil de los elefantes de las selvas de Indonesia y siempre, porque don Federico era un enamorado de la cocina de las tierras que baña el Índico, las más exóticas especias que se podían encontrar en los mercados de Goa y Macao.

Así, Mónica creció entre recipientes y especieros donde se guardaba la picante cayena, los amargos cominos, el clavo aromático y el cilantro. No faltaban el azafrán ni la albahaca, ni por supuesto, la canela y el cardamomo, tan utilizados en la India en postres y dulces.

Junto a ellas descansaban misteriosos envases que contenían otras especias menos comunes en Occidente y que Mónica conoció desde su más tierna infancia. La alhova roja, crujiente y amarga, fundamental en la mayoría de currys; la cúrcuma, que potencia los sabores; la asafétida, picante y atrufada; y el jengibre, la raíz de formas casi humanas que aporta un sabor fresco y ligeramente picante a todo tipo de platos.

Durante sus cortas estancias en Sevilla, don Federico solía encerrarse con Mónica en la cocina y como si de un alquimista y su aprendiza se tratasen, iba mostrando a su amada hija todas las mágicas combinaciones de especias que podían convertir la más simple pieza de un ave de corral en un exquisito plato lleno de sabores, aromas y matices. 

Mónica era una alumna aplicada, inteligente e innovadora y muy pronto su desenvoltura y dominio de las artes culinarias superaron las habilidades de su padre y en las ausencias de este, se convirtió en la encargada de la cocina del hogar familiar.

La novel cocinera combinaba el cardamomo, el ajo, la pimienta y la canela para conseguir un extraordinario Garam Masala que podía transportar al cielo a quien lo probase. 

Su secreta mezcla de cominos, cilantro, ajo y alhova producía un maravilloso Tandoori Masala que era la delicia de todos los invitados a la casa familiar. 

Sus currys eran especialmente apreciados. El cordero marinado en un Vindaloo con base de jengibre, cardamomo, canela, pimienta y otras especias que formaban parte de sus ingredientes secretos llegó a traspasar las fronteras de la región y hubo algún gourmet de la capital madrileña que movió cielo y tierra para ser invitado a la mesa de Doña Teresa. 

Los picantes aromas de los Madrás de pollo y verduras donde convivían en perfecta armonía el pimentón, la cayena, la cúrcuma, el tomate, el jengibre y el hing producían exclamaciones de admiración en todo el que pasaba cerca de las ventanas de aquel hogar donde cada almuerzo era un auténtica fiesta oriental.

No es de extrañar que muy pronto Mónica tuviera a sus puertas a los dueños de los mejores restaurantes del país, dispuestos a ofrecerle lo que ella pidiera con tal de que dirigiera sus cocinas. Mónica, que no era ambiciosa y tampoco deseaba alejarse en exceso de su ciudad natal, finalmente decidió abrir su propio local que pronto se convirtió en uno de los lugares de moda de la capital sevillana.

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Aquella tarde de abril, después de disfrutar de una maravillosa e indescriptible comida a base de las más diversas especialidades del norte y sur de la India quise conocer a la cocinera y dueña del "Masala" para rendirle mi más enorme admiración.

No se si fue la suerte o el destino, pero aquel día el restaurante no estaba demasiado lleno y cuando Mónica salió a saludarme pudimos hablar durante un largo rato. De las alabanzas a su cocina pasamos casi sin saber cómo a charlar de nuestra mútua pasión por el Lejano Oriente y muy pronto ella sabía casi todo de mis viajes por las Indias Orientales, siempre acompañado de mi desvencijado arcón cubano

Tanto nos quedó por contarnos que nos citamos para continuar nuestra charla el jueves siguiente alrededor de un excelente Chateau Indage de la región de Himachal, al norte de la India. A aquella primera cita siguieron una y otra y otra y hoy, cada noche al llegar a casa, disfruto en compañía de Mónica de sus mejores currys y masalas, aunque debo confesar, que a pesar del amor que nos profesamos, mi amada cocinera siempre se ha negado a contarme el secreto de sus recetas.


Sevilla, Abril de 2017