lunes, octubre 29, 2012

Un viaje a Lisboa

No se si alguna vez he escrito sobre mi relación con Lisboa y Portugal. Quizás porque mi padre era de Isla Cristina y su pueblo casi fronterizo era lugar de paso  para muchos viajeros del país vecino. Quizás porque mi madre es tinerfeña y siempre he sabido que el norte de la isla se repobló con portugueses después de la conquista. Quizás porque soy un poco melancólico y a menudo he relacionado la nostalgia con la costa atlántica en general y con los portugueses en particular, o quizás porque mi padre visitó varias veces  Lisboa y durante años nos hablo de la belleza de sus plazas y sus calles y de la inmensidad del Tajo en su desembocadura. El caso es que desde muy niño ha sido una ciudad muy especial para mi. 

La visité por primera vez ya mayor, hará unos tres años, con mis hijos. Una visita de medio día, fugaz y casi de manual de turista. Pero lo suficiente para desear volver de nuevo.

Regresé un año después, con unos amigos, durante las fiestas de Santo Antonio, el patrón de la ciudad. San Antonio se vive por toda Lisboa, pero especialmente en Alfama, el antiguo barrio árabe, de calles estrechas y tortuosas y cuestas pronunciadas. Sube desde la orilla del Tajo hasta la zona alta de la ciudad y desde lejos parece como si el barrio se recostase sobre la montaña descansando de una jornada agotadora.

Alfama es árabe por los cuatro costados, por la gente que vive allí, por los olores a comida, la colada secando al sol en los balcones, las casas con las puertas abiertas, el bullicio, la suciedad... Si tuviera que compararlo con algún sitio, posiblemente algunas de las zonas más tranquilas de la Medina de Marrakech fueran lo más acertado. Alfama es un barrio viejo, descuidado, lleno de niños jugando desharrapados y de gente peculiar. No quedan árabes en Alfama, pero parece como si la herencia de tantos siglos siga marcando la vida de todo el que vive allí.

En San Antonio todo Alfama está en la calle. Las asociaciones de vecinos, las casas  de comidas, grupos de amigos, todos, instalan en plena calle pequeños ventorrillos donde se asan sardinas y pollo sobe brasas de carbón. Música que va de la salsa al fado suena por todas partes y no es extraño ver a la gente bailar en plena calle a cualquier hora del día o de la noche. Es una experiencia que solo puedo comparar a los bailes de verano en Icod, mi pueblo del norte de Tenerife, donde además abundan los apellidos de origen portugués. Mis amigos lo encontraban pintoresco. Yo, que había vivido fiestas similares durante mis vacaciones de adolescente, me sentía como si estuviera de nuevo en mi querida isla. Creo que aquel fin de semana me enamoré para siempre de Lisboa.

En aquel viaje hice muchas fotos, pero a la vuelta, cuando las revelé, casi ninguna me dejó satisfecho. Todavía entonces estaba reposando todo lo aprendido en un reciente curso de fotografía. Hay que dejar pasar un tiempo para que los conocimientos se interioricen y dejar de pensar, cada vez que vas a disparar, en si estas haciendo o no una obra de arte. La fotografía tiene su técnica, pero una vez aprendida hay que olvidarla un poco, para que sea más natural, más fluida, más sin pensar.

Por eso, ahora que volvía a Lisboa con mi hermano, para asistir a un concierto de un cantante muy conocido, estaba deseando salir a fotografiar, pensando en buscar rincones bonitos y buenos encuadres, nada más. Si luego salía una foto interesante,  tanto mejor. A las seis de la tarde llegamos a la pensión. Pablo había conducido todo el viaje y decidió quedarse en la habitación. Yo estuve tentado de acompañarlo, pero la luz del atardecer era bonita y yo no estaba cansado, así que decidí bajar a dar un paseo, tomar un café y fotografiar lo que pudiera.

Pronto me vi sentado en un café cercano que me encantó. Mesas corridas junto a otras redondas, con gente de todas partes sentada mezclada y charlando casi en la penumbra. Estantes llenos de libros ocupando todas las paredes del local, invitando a tomar cualquiera de ellos y leer mientras el café se iba quedando frio en la taza. Estuve allí poco tiempo, unos veinte minutos, pero necesitaba unos momentos de sosiego para dejar que mi cuerpo y mi mente se dieran cuenta de que ya no estaba en España. Dejé la cámara sobre la mesa y mientras hojeaba distraído la carta de refrescos y el café iba desapareciendo de mi taza, me dedique a mirar a mi alrededor, a observar a la gente de las otras mesas y a escucharlos hablar en portugués.

A las siete estaba en la calle y paseando en dirección  al río fui parando en un sitio u otro y tomando alguna fotografía. Pocas, que ahora disparo menos y pienso más. Cuando llegué a la Plaza del Comercio, que tiene un embarcadero que desemboca directamente en el Tajo, paseé lento por ella, respiré el aire con olor a mar y disfruté de aquel rato de soledad que me hacía sentir como alguien llegado de un mundo antiguo que entra en otro nuevo. 

Creo que aquellas son las más bellas fotografías que he hecho nunca, porque fueron momentos bellos y  especiales, íntimos, muy disfrutados y muy deseados.

Un poco más tarde volvía a la pensión para recoger a Pablo y salir para el concierto, pero eso ya es otra historia...


Sevilla, Octubre de 2012

martes, octubre 23, 2012

Rabia

Para Y., que debería haberse quedado...


Sudamos. En la oscuridad del dormitorio, debajo de mí, jadeas en voz baja. Mi peso te aplasta, boca abajo, contra la cama. Te empujo una y otra vez contra ella con extrema violencia, con rencor, con un enorme despecho. 

Hace un par de horas que hemos roto y no sé muy bien cómo hemos llegado hasta aquí. El alcohol me nubla la mente y los recuerdos son difusos. Solo sé que me invade la ira. Es casi lo único que no he sido capaz de olvidar. Me muerdes un brazo. Con rabia, con miedo contenido. Me sorprendes, no te creía capaz. Te golpeo una sola vez, con la mano abierta, en un lado de la cabeza, no demasiado fuerte. Lo justo para que sueltes tu presa. Y te susurro al oído, frio y amenazante, que si lo vuelves a hacer lo vas a lamentar. Te empujo más fuerte aún, cómo si quisiera partirte en dos. Y mientras me vacío dentro de ti, como nunca antes lo había hecho, siento llegar tu orgasmo y ambos gritamos en el silencio de la noche.

- Deberíamos romper con más frecuencia, jadeas, exhausta, mientras me separo de ti.


Sevilla, Octubre de 2012

Despedida

El despecho, la rabia, la desolación, la sensación cierta de haberte perdido para siempre me descomponen y me desconciertan.

Estas semanas te he escrito, a veces, para provocar una respuesta que nunca llega, a veces para creer que sigues ahí, como no hace tanto, a veces para  hablarte, para contarte lo que me sucedió en este o en aquel momento. Cómo a un amiga muy querida. Porque fuimos amigos, si. A la vez que amantes en la distancia, nos hicimos amigos. Compartiendo fotografías, música, risas, versos y esos pequeños pero importantes momentos de cada una de nuestras vidas, a veces bonitos, a veces terribles, que nos han llevado a ser cómo somos.

Me enamoré de ti leyendo tus cartas, tus pequeños poemas, tu firma, que cada vez contaba algo diferente de ti, de tus quehaceres, tus sentimientos o tus deseos. Nunca imaginarás lo que me impresionaba de qué manera en dos o tres palabras eras capaz de enseñarme tanto de ti.

Tanto, que yo que me consideraba buen escritor, me sentía incapaz siquiera de asomarme a la belleza de tus palabras, de intentar siquiera provocar en ti el efecto que las tuyas causaban en mi.

Alguna vez te lo quise explicar, pero nunca he tenido la facilidad para hablar que tengo para escribir. Quizás es que delante de un papel me da tiempo a ordenar mis ideas y decir lo que realmente siento, sin divagar, como tantas veces me pasaba cuando hablábamos, hasta el punto de exasperarte.

Por eso esta noche tomo de nuevo papel y pluma, porque aun sabiendo de seguro que es tarde, no podía despedirme sin que supieras de qué manera, sin darme cuenta, me enamoré de ti.


Sevilla, Octubre de 2012

jueves, septiembre 20, 2012

Mañanas de invierno

Para N., que dejó de esperarme hace tiempo.

Echo de menos aquellas mañanas del pasado invierno cuando me escapaba del trabajo para ir a verte a tu casa. Los diez minutos conduciendo se me hacían eternos y a veces zigzagueaba entre el tráfico de media mañana esperando ganar algunos segundos al instante en que nos encontraríamos. Subía los escalones hasta tu piso de dos en dos, de tres en tres y cuando llamaba a tu puerta todo mi cuerpo temblaba de deseo. Al abrir, siempre asomabas sólo medio cuerpo, cómo si no quisieras que los vecinos supieran que eras tu quien me esperaba. 

Entraba a tu casa y sin quitarme la chaqueta ni soltar la bolsa que llevo siempre colgada del hombro, te besaba cómo si fuese la última vez que nos íbamos a ver. Acariciaba tus pechos y sin apenas pausa comenzaba a desabrochar los botones de tu pantalón. Siempre llevabas vaqueros con botones. Y a mi me excitaba enormemente sentir cómo se soltaban uno tras otro hasta dejar tu sexo libre entre mis manos. 

Nunca esperaba. Mi sexo estaba tan duro que casi dolía.  Enseguida teníamos los pantalones y la ropa interior a media pierna y por fin, cuando nuestros sexos se tocaban, siempre - siempre -  suspirábamos de placer. 

Siempre estabas tan húmeda, tanto que estaba seguro de que estabas mojada desde antes que llegara. Tanto, que me excitabas hasta sentir que casi no podía respirar.

Me encantaba tu casa, con la cocina tan pequeña justo al lado de la entrada. Y me excitaba muchísimo darte la vuelta y ponerte de espaldas a mi, y penetrarte desde atrás mientras te apoyabas en la barra que separaba la cocina del salón.

Siempre era así, la primera vez. Penetrándote duro, agarrándote los pechos y escuchando tus gemidos y mis jadeos mezclados con los sonidos que llegaban desde la calle.

¡Dios! Echo tanto de menos aquellas mañanas del pasado invierno cuando me escapaba del trabajo para ir a verte a tu casa...


Sevilla, Septiembre de 2012


domingo, septiembre 02, 2012

Cien gramos

Ocurrió a finales de primavera, cuando después de haber roto pasamos la tarde y la noche juntos. Para ser exactos, sucedió a la mañana siguiente, cuando nos despertamos. Recuerdo que hacer de nuevo el amor contigo fue espectacular. Probablemente esté equivocado, pero aún lo recuerdo como la mejor de todas las veces que habíamos estado juntos.

Ahora estarías casi de siete meses, con tu barriga grande y esa belleza tan especial que solo tienen las embarazadas. El, o a lo mejor ella, ya estaría dando patadas, como anunciando sus prisas por salir al mundo, a conocerte, a conocerme, a conocerlo todo.

Me imagino pasando contigo las tardes, tocando tu vientre, viendo como cada día crecía un poco más. Dando esos paseos que todos los médicos recomiendan y acompañándote a los ejercicios de preparación para el parto. Supongo que no habríamos podido ir a aquel viaje a Extremadura,  a finales de Agosto, o quizás si, aunque los barrancos habrían tenido que esperar aún unos meses. Y tus fotos de aquellos días habrían sido completamente diferentes.

Te imagino hermosa y radiante y feliz. Yo también lo estaría, disfrutando con este embarazo, lo que no supe disfrutar años atrás. No se si estaríamos juntos aún. No se si las cosas habrían sido diferentes si hubieras decidido seguir adelante. No lo se. Pero si se que yo no habría dejado de estar a tu lado en ningún  caso. Y se que habría procurado que no dejases de hacer nada de lo que te gustaba.

Se que habría compartido contigo los desvelos nocturnos, los llantos, los biberones o el pecho a deshora. Estoy seguro de que habría sido  mejor padre y mejor pareja de lo que fui en su momento.

De lo único que me arrepiento es de no haber sido más enérgico, más insistente cuando me dijiste que ya habías decidido no tenerlo. Pero no tenía otra opción que respetar tu decisión, y se también que en aquel momento no podía ponerte entre la espada y la pared. Solo podía apoyarte aún a mi pesar.

A veces lo imagino rubio y alto como tu. Habría pesado casi cuatro kilos y quizás tendría mis ojos, aunque si hubiese tenido los tuyos me habría encantado. Y habría sido un niño querido, deseado y amado. Porque todo lo tuyo lo habría querido siempre, como un tiempo te quise a ti.


Sevilla, Septiembre de 2012

miércoles, julio 25, 2012

De cenefas y batiks

Para Carmen, a la que quise mucho.

La cenefa del recibidor aguarda, nerviosa, tu arribo; los cuadros del pasillo amanecen todas las mañanas torcidos, la agitación de la espera no les deja parar en toda la noche. El pájaro del batik del salón no hace más que revolotear en su jaula de madera y cristal, impaciente por tu llegada. La casa entera es un revuelo de sonidos, murmullos y trajines. Todos estamos ansiosos, preparándolo todo como el novio prepara la casa y el banquete antes de la boda y cuidando cada detalle, quitando esa arruga en la colcha del dormitorio, limpiando aquella manchita que casi no se ve en el sofá.

Y así pasan las horas y los días, las tardes y las noches y así, como un hombre que nunca ha conocido mujer, te aguardo para ser tuyo. Para que tu, por fin, seas mía.


Sevilla, Julio de 2012

domingo, diciembre 04, 2011

Una y otra vez, tú

Para Maria A.


Sentado delante de esta página en blanco, pasan las horas y no se me ocurre nada. Perdida la inspiración mientras la penumbra envuelve la habitación y apenas distingo los objetos que hay en mi escritorio, recuerdo amores perdidos, citas a ciegas y paseos en bici. Exprimo mi cabeza buscando algo nuevo sobre lo que escribir y solo te apareces tú. Tú, una y otra vez. Desnuda en mi cama aquellas mañanas de febrero, que no consigo olvidar. Tú, una y otra vez, andando por el pasillo de casa, solo vestida con unas botas negras. Tú, una y otra vez, con aquel descaro que me entusiasmaba, la crudeza con que hablabas de sexo y ese carácter tan fuerte que se me hacía tantas veces difícil de manejar. Tú, con quien escribí versos e historias extraordinarias. Tú, que aun me haces soñar con la quimera de volver a tenerte entre mis brazos. Tú, siempre tú, en todas partes tú, en cada nueva mujer, irremediablemente, tú.


Sevilla, Diciembre de 2011