sábado, abril 29, 2017

Mónica, cúrcuma y canela


Para Mónica.
Cocinera de hechizos 
e historias de amor


Conocí a Mónica una tarde de finales de abril, en las cocinas de un recién abierto restaurante hindú, que se había convertido en muy poco tiempo en lugar de peregrinación de la progresía sevillana, siempre ávida de cualquier novedad en el rancio ambiente culinario de nuestra ciudad.

Mónica era alta, delgada, de amplia sonrisa, nariz recta casi grande y ojos bonitos siempre ocultos tras unas misteriosas gafas de sol cómo las que llevaban las grandes actrices italianas de finales de los años cincuenta. 

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La madre de Mónica, Teresa, se había enamorado perdidamente de Federico, un oficial marino mercante que había conocido durante el crucero que sus padres le habían regalado por su mayoría de edad. La joven sevillana, de una conocida y adinerada familia de la alta sociedad local había caído irremediablemente enamorada de aquel apuesto y recio marino, vividor y aventurero, que le contaba sus viajes por el Lejano Oriente mientras le señalaba, en el cielo del atardecer, las estrellas con que se guían los navegantes para no perderse en la inmensidad de la noche oceánica.

Federico, para quien Teresa fue al principio una conquista más con la que puso en juego todas sus habilidades seductoras, terminó, mucho antes de que el crucero llegara de vuelta al puerto de Sevilla, locamente enamorado de la bella joven y dispuesto a hacerla su mujer sin importar el precio que tuviera que pagar por ello.

La historia de amor entre la rica heredera y el curtido marino cayó como una bomba en la familia de Teresa y en toda la alta sociedad sevillana, que se escandalizó tanto como correspondía a la mas pacata y tradicional burguesía de la, posiblemente, más pacata y tradicional de las capitales españolas.

De nada sirvieron amenazas, gritos, discusiones, separaciones temporales ni la efectiva pérdida de la herencia. Teresa y Federico se casaron una mañana de primavera en una pequeña capilla de la ciudad con apenas una decena de amigos como testigos de su historia de amor.

De los seis hijos que tuvo la pareja, Mónica fue la tercera de las chicas y desde que nació, don Federico solo tuvo ojos para ella. Quería a todos sus hijos, sin duda, pero Mónica fue siempre su pequeña y traviesa princesa.

De sus largos viajes por Oriente, que lo ausentaban casi medio año de su pequeño y atestado hogar en uno de los nuevos barrios de la ciudad, don Federico siempre volvía cargado de regalos. Juguetes de madera lacada de la lejana China, pañuelos de seda de Mysore, perlas robadas al mar por los buceadores a pulmón de Borneo, cortaplumas decorados con marfil de los elefantes de las selvas de Indonesia y siempre, porque don Federico era un enamorado de la cocina de las tierras que baña el Índico, las más exóticas especias que se podían encontrar en los mercados de Goa y Macao.

Así, Mónica creció entre recipientes y especieros donde se guardaba la picante cayena, los amargos cominos, el clavo aromático y el cilantro. No faltaban el azafrán ni la albahaca, ni por supuesto, la canela y el cardamomo, tan utilizados en la India en postres y dulces.

Junto a ellas descansaban misteriosos envases que contenían otras especias menos comunes en Occidente y que Mónica conoció desde su más tierna infancia. La alhova roja, crujiente y amarga, fundamental en la mayoría de currys; la cúrcuma, que potencia los sabores; la asafétida, picante y atrufada; y el jengibre, la raíz de formas casi humanas que aporta un sabor fresco y ligeramente picante a todo tipo de platos.

Durante sus cortas estancias en Sevilla, don Federico solía encerrarse con Mónica en la cocina y como si de un alquimista y su aprendiza se tratasen, iba mostrando a su amada hija todas las mágicas combinaciones de especias que podían convertir la más simple pieza de un ave de corral en un exquisito plato lleno de sabores, aromas y matices. 

Mónica era una alumna aplicada, inteligente e innovadora y muy pronto su desenvoltura y dominio de las artes culinarias superaron las habilidades de su padre y en las ausencias de este, se convirtió en la encargada de la cocina del hogar familiar.

La novel cocinera combinaba el cardamomo, el ajo, la pimienta y la canela para conseguir un extraordinario Garam Masala que podía transportar al cielo a quien lo probase. 

Su secreta mezcla de cominos, cilantro, ajo y alhova producía un maravilloso Tandoori Masala que era la delicia de todos los invitados a la casa familiar. 

Sus currys eran especialmente apreciados. El cordero marinado en un Vindaloo con base de jengibre, cardamomo, canela, pimienta y otras especias que formaban parte de sus ingredientes secretos llegó a traspasar las fronteras de la región y hubo algún gourmet de la capital madrileña que movió cielo y tierra para ser invitado a la mesa de Doña Teresa. 

Los picantes aromas de los Madrás de pollo y verduras donde convivían en perfecta armonía el pimentón, la cayena, la cúrcuma, el tomate, el jengibre y el hing producían exclamaciones de admiración en todo el que pasaba cerca de las ventanas de aquel hogar donde cada almuerzo era un auténtica fiesta oriental.

No es de extrañar que muy pronto Mónica tuviera a sus puertas a los dueños de los mejores restaurantes del país, dispuestos a ofrecerle lo que ella pidiera con tal de que dirigiera sus cocinas. Mónica, que no era ambiciosa y tampoco deseaba alejarse en exceso de su ciudad natal, finalmente decidió abrir su propio local que pronto se convirtió en uno de los lugares de moda de la capital sevillana.

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Aquella tarde de abril, después de disfrutar de una maravillosa e indescriptible comida a base de las más diversas especialidades del norte y sur de la India quise conocer a la cocinera y dueña del "Masala" para rendirle mi más enorme admiración.

No se si fue la suerte o el destino, pero aquel día el restaurante no estaba demasiado lleno y cuando Mónica salió a saludarme pudimos hablar durante un largo rato. De las alabanzas a su cocina pasamos casi sin saber cómo a charlar de nuestra mútua pasión por el Lejano Oriente y muy pronto ella sabía casi todo de mis viajes por las Indias Orientales, siempre acompañado de mi desvencijado arcón cubano. 

Tanto nos quedó por contarnos que nos citamos para continuar nuestra charla el jueves siguiente alrededor de un excelente Chateau Indage de la región de Himachal, al norte de la India. A aquella primera cita siguieron una y otra y otra y hoy, cada noche al llegar a casa, disfruto en compañía de Mónica de sus mejores currys y masalas, aunque debo confesar, que a pesar del amor que nos profesamos, mi amada cocinera siempre se ha negado a contarme el secreto de sus recetas.


Sevilla, Abril de 2017

martes, julio 07, 2015

Amor trivial

Para Yolanda.

Hace un año

Tu foto, desnuda en mi cama
sobre el edredón rojo,
que luego fué un cuadro que
nunca lograste vender y que
al fin encontró lugar
en la pared del salón de mi casa.

Hace un mes

Ese rincón
donde me encuentro contigo
cuando nadie nos mira y
nos reímos y nos preguntamos
cómo es que los demás
ni se abrazan, ni se tocan,
ni se besan
tanto como nosotros.

Hace una semana

El sofá
de tu casa, gastado de niños y perros
que nos espera una de cada tres noches
(y fines de semana alternos)
para envolvernos y recordarnos que
nos da igual que llegue el invierno.

Anoche

La cena
En el restaurante vietnamés,
los besos en la esquina
oscura de mi calle
y luego,
cuando le pusimos
dos rombos
a la mesa de la cocina.


Sevilla, Julio de 2015

lunes, junio 01, 2015

Poeta de rima desarrimada

Para Lula, que me descubrió otra forma de hacer poesía.


Yo soy poeta adicto
al amor desconsolado, 
que pena todos los días de fiesta 
dibujando líneas imaginarias 
en las espaldas de fantasmas femeninos 
que ya, ni están ni se les espera. 

Yo soy poeta de rima desarrimada
y música de jazz en el salón 
donde agonizo todas las noches 
- hunged, drawn and quarted -
cuando la soledad me rodea y
las balas de los recuerdos 
acribillan mi pecho desguarnecido.

Yo soy el poeta insensato
que canta al amor infrecuente,
impaciente, imprudente, indecente 
y que se vuelve loco de pena y de rabia 
cuando cansado de mis desplantes, 
el amor se marcha.

Yo soy poeta de vida y de muerte, 
de tierra y de aire, de mar y de cielo.
Yo soy poeta de paz y de guerras,
de extraordinarios besos,
de feroces ausencias.

Yo soy poeta de musa extraña,
salvaje, animal, de leve huella.
Canto a lo liviano y a lo procaz,
y al dolor, cuando sin pausa atraviesa.

Yo soy poeta de sexos desnudos,
de pechos turgentes y  bocas abiertas,
de labios mayores, menores y medianos,
de culos grandes donde todo cabe,
de tu culo, de ese culo, de todos los culos.

Yo soy poeta a tiempo completo. 
Si me buscas, me alquilo
por tres 
o cuatro besos.


Sevilla, Junio de 2015


Anoche no estaba poético


Anoche no estuve poeta y terminé arrojándolo todo a la papelera, que si lo piensas bien, no deja de ser poético. Por más que quise, no pude pasar del verso donde contaba las diez veces que miré tus piernas vestidas de seda fina antes de enamorarme de ti.

Luego habría contado de tus nueve besos, mis ocho miradas, tus siete desdenes antes de aceptarme,  mis risas, que fueron más de seis y las cuatro o cinco veces que casi te enfadas conmigo. Habría contado de  las veces que te imaginé desnuda, que fueron más de dos y más de tres y de la única vez que te seguí por toda Sevilla la noche que te pedí que te casaras conmigo. 

Pero ya ves, anoche no estaba poeta y terminé por no contar nada y tirarlo todo a la papelera, ese sitio donde escondo los versos que jamás te voy a escribir.


Sevilla,  Junio de 2015

miércoles, mayo 27, 2015

Ahora

Ahora que te fuiste de todas mis mañanas.
Ahora que nuestra mesa está huérfana de tu plato.
Ahora que en nuestro armario ya no habitan tus vestidos.
Ahora que te has marchado llevándote los veranos 
y los otoños.

Ahora que la colada es siempre tan masculina.
Ahora que tu perfume ya no llena los pasillos.
Ahora que en la cocina no se guisan tus recetas.
Ahora que nuestra cama esta siempre tan vacía
y sola.

Ahora que en el sofá siempre me sobra sitio. 
Ahora que no te veo reflejada en los espejos.
Ahora que ya no estas, me faltas en todas partes.


Sevilla, Mayo de 2015

domingo, mayo 24, 2015

El último viaje de Esteban Etxeberría

En la segunda planta, justo enfrente de la vecina de pelo canoso que nunca se escuchaba pero todos sabían que espiaba parapetada detrás de la puerta, vivió durante unos meses Raquel Herranz, una hermosa mujer que rozaba la cuarentena, de pelo largo y oscuro, mirada curiosa y profunda y sensuales labios siempre rojos de carmín.

Hacía poco tiempo que Raquel había conocido a Esteban, un desaliñado y poco hablador escritor donostiarra que malvivía dando clases de francés a colegialas más interesadas en el último modelito de París que en la conjugación de los verbos irregulares.

Raquel se enamoró perdidamente de Esteban, que en su minúsculo y desordenado estudio, rebosante de libros y papeles, le narraba pequeños relatos donde ella siempre era de una u otra forma la protagonista. Esteban despertaba en las mujeres sentimientos diversos. A las de mediana edad, les inspiraba una ternura maternal, quizás por la aparente fragilidad que transmitía en todos sus gestos y miradas. Las jóvenes, por el contrario, se enamoraban de sus inquietantes ojos azules, de sus historias contadas a media voz en cualquier rincón oscuro de los viejos cafés que poblaban el centro de Barcelona y de sus manos de dedos largos y finos de escritor o pianista.

Esteban, que lo sabía, no dudaba en sacar partido de aquello. Hacía meses que Doña Marta, su casera, recibía a cambio del alquiler que nunca cobraba, pequeñas historias escritas en papel de buen gramaje con aquellas delicadas manos de artista y vividor. Doña Marta siempre quedaba fascinada por aquellos relatos donde la protagonista era siempre -cómo no- una mujer madura que descubría el amor y la pasión en aventuras que sucedían en los lugares mas exóticos y remotos que se pudiera imaginar. Doña Marta colocaba cada uno de sus relatos mensuales en pequeños marcos que iban llenado las paredes de su casa y muchas tardes de invierno, cuando la soledad se hacía insoportable, la casera recorría los pasillos parándose a releer cada una de aquellas historias que la llevaban a mundos donde nunca pensó que podría viajar.

Raquel estaba al tanto del éxito de Esteban con las demás mujeres y aunque no lo llevaba del todo bien, la amabilidad, el encanto, la pasión y las promesas de amor eterno que su amante le hacía continuamente, le permitían no fijarse demasiado en algunos detalles que habrían hecho sospechar a cualquier otra menos enamorada del escritor que ella. Incluso sus amigas murmuraban a sus espaldas que era demasiado confiada, demasiado inocente, demasiado tonta ante las más que probables infidelidades de su muy querido novio. Raquel siempre tenía una disculpa, una negativa, un amoroso desdén ante cualquier amiga que tratara de advertirla de lo que era algo más que intuido por todas ellas.

Por eso, cuando Esteban desapareció sin dejar rastro, todas se apiadaron de la inocencia de Raquel, seguras de que el escritor había encontrado refugio en otro regazo más cálido, más joven o tal vez más hermoso que el de su desconcertada novia. 

Y más aún, ninguna de sus amigas se sorprendió del viaje que Raquel emprendió poco después para, según ella misma contó, poner paz en su espíritu, acompañada de ocho pesadas maletas que hacían resoplar por el esfuerzo a los mozos de la Estación de Francia, de donde partió sin destino conocido.


Sevilla, Mayo de 2015

jueves, mayo 21, 2015

Tal como vos, es Nesto

Para Lula.


Desmótico tal espinén compuesto,
Parácromo desextremado,
anárcuta y despértica sustancia,
tal como vos, es Nesto.

Upérrimo y desmenado albur,
ante mi desguarnecido.
¿No es veloz tu desmerticio?
Tal como vos, es Nesto.

Cocíndrido de huera faz,
mimético hasta la locura,
cáspulo sin desmitenia,
tal como vos, es Nesto.

Anándridos sin desayuno,
paupérrimos por tal o cual.
¿Cabe todo atrás la espuria?
Tal como vos, es Nesto.

Y  si el cuejo no descueja
y si el menio abunda en tres,
¿Nos es más nierva aquella tieja?
Tal como vos, Ernesto.


Sevilla, Mayo de 2015