domingo, mayo 24, 2015

El último viaje de Esteban Etxeberría

En la segunda planta, justo enfrente de la vecina de pelo canoso que nunca se escuchaba pero todos sabían que espiaba parapetada detrás de la puerta, vivió durante unos meses Raquel Herranz, una hermosa mujer que rozaba la cuarentena, de pelo largo y oscuro, mirada curiosa y profunda y sensuales labios siempre rojos de carmín.

Hacía poco tiempo que Raquel había conocido a Esteban, un desaliñado y poco hablador escritor donostiarra que malvivía dando clases de francés a colegialas más interesadas en el último modelito de París que en la conjugación de los verbos irregulares.

Raquel se enamoró perdidamente de Esteban, que en su minúsculo y desordenado estudio, rebosante de libros y papeles, le narraba pequeños relatos donde ella siempre era de una u otra forma la protagonista. Esteban despertaba en las mujeres sentimientos diversos. A las de mediana edad, les inspiraba una ternura maternal, quizás por la aparente fragilidad que transmitía en todos sus gestos y miradas. Las jóvenes, por el contrario, se enamoraban de sus inquietantes ojos azules, de sus historias contadas a media voz en cualquier rincón oscuro de los viejos cafés que poblaban el centro de Barcelona y de sus manos de dedos largos y finos de escritor o pianista.

Esteban, que lo sabía, no dudaba en sacar partido de aquello. Hacía meses que Doña Marta, su casera, recibía a cambio del alquiler que nunca cobraba, pequeñas historias escritas en papel de buen gramaje con aquellas delicadas manos de artista y vividor. Doña Marta siempre quedaba fascinada por aquellos relatos donde la protagonista era siempre -cómo no- una mujer madura que descubría el amor y la pasión en aventuras que sucedían en los lugares mas exóticos y remotos que se pudiera imaginar. Doña Marta colocaba cada uno de sus relatos mensuales en pequeños marcos que iban llenado las paredes de su casa y muchas tardes de invierno, cuando la soledad se hacía insoportable, la casera recorría los pasillos parándose a releer cada una de aquellas historias que la llevaban a mundos donde nunca pensó que podría viajar.

Raquel estaba al tanto del éxito de Esteban con las demás mujeres y aunque no lo llevaba del todo bien, la amabilidad, el encanto, la pasión y las promesas de amor eterno que su amante le hacía continuamente, le permitían no fijarse demasiado en algunos detalles que habrían hecho sospechar a cualquier otra menos enamorada del escritor que ella. Incluso sus amigas murmuraban a sus espaldas que era demasiado confiada, demasiado inocente, demasiado tonta ante las más que probables infidelidades de su muy querido novio. Raquel siempre tenía una disculpa, una negativa, un amoroso desdén ante cualquier amiga que tratara de advertirla de lo que era algo más que intuido por todas ellas.

Por eso, cuando Esteban desapareció sin dejar rastro, todas se apiadaron de la inocencia de Raquel, seguras de que el escritor había encontrado refugio en otro regazo más cálido, más joven o tal vez más hermoso que el de su desconcertada novia. 

Y más aún, ninguna de sus amigas se sorprendió del viaje que Raquel emprendió poco después para, según ella misma contó, poner paz en su espíritu, acompañada de ocho pesadas maletas que hacían resoplar por el esfuerzo a los mozos de la Estación de Francia, de donde partió sin destino conocido.


Sevilla, Mayo de 2015

jueves, mayo 21, 2015

Tal como vos, es Nesto

Para Lula.


Desmótico tal espinén compuesto,
Parácromo desextremado,
anárcuta y despértica sustancia,
tal como vos, es Nesto.

Upérrimo y desmenado albur,
ante mi desguarnecido.
¿No es veloz tu desmerticio?
Tal como vos, es Nesto.

Cocíndrido de huera faz,
mimético hasta la locura,
cáspulo sin desmitenia,
tal como vos, es Nesto.

Anándridos sin desayuno,
paupérrimos por tal o cual.
¿Cabe todo atrás la espuria?
Tal como vos, es Nesto.

Y  si el cuejo no descueja
y si el menio abunda en tres,
¿Nos es más nierva aquella tieja?
Tal como vos, Ernesto.


Sevilla, Mayo de 2015

sábado, mayo 16, 2015

Y ya no estabas

Para Paola, a quién nunca encontré tiempo para escribirle poemas.


Luego estuve paseando por la playa
y ya no estabas.

Huiste quizás con el marinero ruso,
o puede que escapases a Isla Tortuga
en busca de Ulises y las sirenas.

Lo cierto es que ya no estás
y no puedo inventarte poemas.

Lo cierto es que ya no estás
y la noche de San Juan se acerca
y no se cómo pasarla sin ti.

Lo cierto es que ya no estás
y Lisboa y la lluvia y los Mares del Sur
se me antojan insoportablemente
lejanos desde que te has ido.

Lo cierto es que ya no estas
y ya nada parece sencillo.


Sevilla, Mayo de 2015

lunes, noviembre 03, 2014

Promesas de amor

Ya no te extraño nada. A veces me sorprendo pensando que ya no pienso en ti, que pasan las semanas sin recordarte, que tu largo y dorado cabello ya no me mantiene atado a ti.

Recuerdo cuando me decías que aquel amor se pasaría y yo te juraba que no y hasta me enfadaba contigo.

Recuerdo mis promesas de amor eterno que murieron al morir el ańo dejando entre los dos un abismo imposible de cruzar con ningún puente.

Demasiadas heridas, tantos cadáveres mal enterrados. Nuestro amor se convirtió en un zombi deambulante del que ambos huímos asustados, sin mirar atras.

Hoy, que hace mas de tres años que no te escribo, hoy que te odio con toda mi alma, porque si no te odiara no me podría tener en pie, te mando un beso y levanto mi copa por aquellos meses en los que mi vida junto a ti, en torno a ti, por ti y para ti, fue la más extraordinaria y peligrosa de las aventuras.


Sevilla, Noviembre de 2014

lunes, diciembre 16, 2013

La saxofonista

La saxofonista - rubia, alta, elegante y esbelta - llega pronto al club de Jazz. Se sienta junto a la barra y pide un Martini seco. Mientras el público va llenando el local, piensa en todo lo que le ha sucedido en los últimos meses. Su ruptura, traumática pero liberadora, con aquel hombre de quien no se desenamoró tan rápido como él se habría merecido. Su renuncia al trabajo en la agencia de publicidad, donde se sentía encerrada como en una cárcel de barrotes de oro. Y su mudanza a Barcelona, harta y asfixiada de la vida en un pueblo cerca de una capital de provincias.

Ana ha tenido miedo, mucho miedo. Tenía miedo a vivir con el hombre equivocado por no romperle el corazón. Tenía miedo a la acomodada seguridad que le proporcionaba su bien remunerado trabajo. Tenía terror a perderse en una sucesión de días y noches iguales hasta no ser capaz de distinguir el siguiente del anterior. Tenía pánico a que su única hija no fuese valiente por no serlo ella. Tenía, sobre todo, miedo a morirse de rabia y hastío en su pequeño pueblo, como una señora, como una elegante y aburrida señora.

Hace ya un mes que lo dejó todo y se vino a Barcelona con su pequeña maleta, su saxo tenor y su hija. Tuvo buen cuidado de no traerse ningún miedo con ella. Todos se quedaron encerrados en su caro chalet a las afueras del pueblo.

Hoy es su primera noche en el club. En el escenario ya la esperan el resto de los músicos de la banda. Apura su copa y se sitúa con paso tranquilo entre ellos. El público solo se percibe cómo un murmullo de voces oculto tras las candilejas. Un foco la ilumina de repente sumergiéndola en una atmósfera casi irreal. Toma el saxo y cuando suenan las primeras notas y el local se queda en absoluto silencio, justo entonces descubre, con total seguridad, que no se ha equivocado.


Sevilla, Diciembre de 2013

martes, noviembre 26, 2013

¿Quién dijo que había reglas?

Para mi amiga Montse


Después de todo, no me vengáis con vuestras reglas. ¿Quien dijo que el amor tenía leyes, ocasiones y momentos? ¿Quien os concedió autoridad para juzgar lo que siento? ¿Os atreveréis vosotros que vivís a salvo tras la barrera? ¿Vosotros que teméis a la vida más que a un toro de Miura?

Me muero de amor. Me muero de soledad y de tristeza. Pero es mi amor, son mi vacío y mi pena. Y si me los he ganado, si lo he perdido todo, no os permito ni una sola mirada reprobatoria. Conozco bien vuestra feroz alegria disfrazada de conmiseración cuando quien que se atrevió a salir del redil regresa apesadumbrada.

Os miro y os veo tan decentes, tan buenos, tan blandos, tan torpes, tan absolutamente predecibles que se, de seguro, que uno solo de mis instantes de pasión vale más que la gris neblina de todas vuestras enteras e inútiles vidas.


Sevilla, Noviembre de 2013

Café con churros

Para Carmen W.


Terminas tu carta diciendo que nos tomaremos un café con churros "cuando haga frío". Y me pregunto si no hace ya bastante frío. Me pregunto cuanto frío tiene que hacer todavía para que te encuentres conmigo y pueda mirar tus ojos de gata de nuevo. Y me descubro mirando las isobaras de los mapas del tiempo, midiendo temperaturas, siguiendo borrascas y anticiclones, mirando sin ver los noticiarios de la primera, la segunda, la tercera, la cuarta y la enésima, si existiera, esperando que lleguen las noticias del tiempo. Ya ves, yo que cambiaba de cadena cuando empezaba el parte, cómo decía mi tía abuela Concha, ahora lo espero cómo si fuera un nuevo capítulo de la última serie de moda. Y por más que voy de un canal a otro, por más telediarios que veo, no hace bastante frío. Y me sorprendo pidiendo a ese Dios en quien presumo no creer, que haga frío, más frío, muchísimo frío. Y le prometo diez misas, cuarenta padrenuestros o cien avemarías. ¡Pero, por Dios! Que nieve, que truene, que llueva, que venga la ventisca y el hielo y que sople el viento del Norte, pero que llegue por fin el frío que me conceda perderme, por una última vez, en el fondo de tus ojos negros.


Sevilla, Noviembre de 2013