Te acercas por el sendero, entre los árboles que unen sus ramas en lo alto. Vienes riendo y no puedo evitar contagiarme. Estas bellísima con tu vestido nuevo y el cabello revuelto por el aire fresco de las últimas tardes de verano.
Caminas despacio, sin prisa, como si la noche nunca fuera a llegar. En la mano derecha llevas tus sandalias azul turquesa y tus pies descalzos apenas parecen rozar el suelo. Ríes otra vez y jugando a avergonzarte, bajas por un instante la mirada. Al levantarla de nuevo, tus ojos, de un verde oscuro casi negro, reflejan los últimos rayos del sol, que travieso, no quiere irse del todo.
Me tomas de la mano y me llevas contigo. Cruzamos la puerta del palacio cuando la penumbra ya ha invadido el jardín y una ligera brisa agita las hojas secas esparcidas por el suelo. Un búho ulula un par de veces, asustado, mientras a lo lejos suenan los primeros compases de la orquesta.
El baile acaba de empezar.
Sevilla, Septiembre de 2008
Caminas despacio, sin prisa, como si la noche nunca fuera a llegar. En la mano derecha llevas tus sandalias azul turquesa y tus pies descalzos apenas parecen rozar el suelo. Ríes otra vez y jugando a avergonzarte, bajas por un instante la mirada. Al levantarla de nuevo, tus ojos, de un verde oscuro casi negro, reflejan los últimos rayos del sol, que travieso, no quiere irse del todo.
Me tomas de la mano y me llevas contigo. Cruzamos la puerta del palacio cuando la penumbra ya ha invadido el jardín y una ligera brisa agita las hojas secas esparcidas por el suelo. Un búho ulula un par de veces, asustado, mientras a lo lejos suenan los primeros compases de la orquesta.
El baile acaba de empezar.
Sevilla, Septiembre de 2008