martes, diciembre 05, 2006

Quizás (no) te quiero por eso

Hay lugares de tu cuerpo,
que nunca me vas a enseñar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Hay rincones de tu mente,
que nunca me vas a mostrar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Hay mentiras en tu vida,
que nunca vas a revelar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Hay ventanas en tu alma,
a las que nunca me voy a asomar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Hay miedos en tu mirada,
que nunca podré calmar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Hay secretos de tu infancia,
que nunca me vas a contar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Hay noches que no te encuentro,
cuando te voy a buscar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Hay un vacío muy grande,
que nunca podrás llenar.
Quizás (no) te quiero por eso.

Sevilla, Diciembre de 2006

sábado, diciembre 02, 2006

En las noches tranquilas

Es la primera vez que publico algo que no es mío. Pero quiero mucho al autor, y él no tiene donde hacerlo.

En las noches tranquilas,
perfumadas, serenas,
resuenan en mi mente
los ecos de tu voz.

Tu mirada risueña,
tu sonrisa tan tierna,
tus palabras tan dulces,
en fin, tu corazón.

Que vuelvan esas noches,
con sus alas de sueño
a tocar nuestras vidas
para luego pasar.

Que vuelvan esas noches
para soñar que aun existes
y añorar tu presencia
sin saber donde estás.

Sevilla, Diciembre de 2006

martes, noviembre 28, 2006

La princesa y el anuncio del tren

Atrapado en el atasco, la ví esperando en la parada. Morena y muy arreglada, fumaba con cara de fastidio. Pensé que era demasiado guapa, demasiado bien vestida para montar en autobús. A su lado un enorme cartel anunciaba los últimos modelos de trenes de cercanias y ella encendía un cigarrillo tras otro, un poco desesperada. Había nacido para desayunar caviar y champan y pasar los veranos en un yate en la costa azul y nunca esperar a nadie.

Cuando decidí acercarme, un potente deportivo rojo paró a su lado. El conductor -rubio, alto, delgado- la recogió entre disculpas y se perdieron rápidamente en la avenida entre los rugidos del potente motor. El moderno tren del anuncio pareció mirarme con sorna cuando comprendí que yo no había nacido para las princesas.

Sevilla, Noviembre de 2006

lunes, noviembre 27, 2006

Lola

Para Lola, claro.

Botas, vaqueros y cazadora. Lola se acerca al café entre la lluvia y el viento que le revuelve el peinado.

A Lola le gusta el chocolate y jamás va al cine sola. También le gusta escribir y no hace tanto, estuvo casada.

Lola sonríe y se emociona y sonríe otra vez. Y recuerda cómo le ha cambiado la vida en los últimos meses.

Lola es muy guapa. Tiene los ojos bonitos y mientras habla, a veces, enseña la cinta de su sujetador rosa.

A Lola la conocí ayer y ya solo quiero escribir para ella.

Sevilla, Noviembre de 2006

viernes, noviembre 17, 2006

En un bar del centro

Escribo en un bar, al lado de un hindú que habla en inglés y no entiende nada.

A mi izquierda, una pareja que se divorciará dentro de poco, aun no lo sabe. Más allá, unas chicas se ríen, pero una echa de menos un novio que la rescate del grupo de amigas.

En la barra, la camarera se esconde detras de una columna de color rosa mientras piensa que de nuevo no llegará a fin de mes. Y en la mesa junto a la puerta, una rubia teñida está enamorada del mejor amigo de su marido.

Las dos chicas del fondo se besan sin saber que nunca mas volverán a verse.

Y yo en medio de todo, sigo escribiendo mientras el bar, poco a poco, se queda vacío.

Sevilla, Noviembre de 2006

Ocho años después

Para Eugenia.

Estuve en el Pilar, en el bar donde comimos aquellos callos con un sabor tan raro a vinagre ¿te acuerdas?. Pasé por la puerta de nuestro hotel, donde tanto nos quisimos y busqué durante un buen rato el sitio donde cenamos, pero no lo encontré. Quizás pasé por delante y no lo reconocí, o quizás cerró hace años.

Te llamé para contártelo pero me respondió el contestador de tu móvil. Y me emocioné recordando aquel tiempo en que aun me sentía capaz de cambiar mi vida.

Solo en la calle, se me saltaron las lágrimas. Aquí rocé la felicidad con la punta de los dedos pero me faltó, como siempre, valor para no dejarla escapar.

Ha sido mágico volver a Zaragoza. Me hubiera encantado verte, darte un abrazo y apretarte fuerte y llorar en tu hombro recordando un tiempo que hace mucho que se ha borrado.

Pero ahora que ya soy libre no quieres verme. Y me lo he ganado a pulso y lo lamento y probablemente ya no tenga remedio.

Se me escapa un "te quiero" bajito entre los labios y me siento más solo que en otros viajes, porque Zaragoza eres tú, y si ti, nada es igual.

Sevilla, Noviembre de 2006

viernes, diciembre 02, 2005

El pijama

Cuando abrió la lavadora para tender la colada, casi se le hiela el corazón. El pijama de quirófano blanco de María se había vuelto rosa, rosa fuerte, casi violeta. Había pasado la mañana arreglando la casa y puesto un par de lavadoras. Queria que ella se encontrara todas las faenas hechas cuando llegase del congreso de Barcelona.

¿Cómo se le podía haber colado el pijama entre la ropa de color? Recordaba perfectamente haberla repasado un par de veces. Pero no era momento de lamentarse. María regresaba al día siguiente y aún tenía tiempo de arreglar el estropicio.

Bajó a la tienda y compró la botella de lejía más grande que encontró. Eso sí, perfumada y para lavadoras, la misma que usaba su mujer. Primero probó con el programa de aclarado y blanqueado y un buen chorro de lejía. Al cabo de media hora, el pijama salía de la lavadora prácticamente tan rosa como al principio. Minutos mas tarde la prenda se hundía en la bañera bajo dos palmos de agua hirviendo y lejía en abundancia. Si aquello no eliminaba el color rosa, nada lo haría. Aquella noche soñó con pijamas blancos que giraban a su alrededor hasta enroscársele en el cuello y convertirse en serpientes violetas que lo asfixiaban.

A la mañana siguiente se despertó muy temprano. Corrió al baño a ver cómo estaba el pijama. El malva casi había desaparecido, pero aun quedaba un tono rosa que tenía aspecto de ser muy difícil de quitar. Echó más lejía y más agua caliente, pero unas horas después estaba claro que el leve tinte rosa iba a permanecer allí por mucho, mucho tiempo. Su mujer estaba al llegar y ya solo le quedaba esperarla, confesar lo sucedido y rogar porque no se enfadase demasiado. Al fin y al cabo, lo ocurrido había sido un accidente y el pijama casi había quedado del blanco original.

María apareció sobre las nueve de la noche. Venía cansada y traía unos regalos para el y los niños. Estuvieron charlando del fin de semana, del congreso, de Barcelona... y del nuevo quirófano inteligente que estrenaban al día siguiente en el hospital, equipado con unos sensores de movimiento sensibles al color y para el que María había teñido de rosa, casi violeta -con un tinte natural carísimo, ¿sabes, cielo?- uno de sus pijamas.

Sevilla, Diciembre de 2005